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lunes, 27 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCIX: Lo ha conseguido

Marrameowww!!!

Contra todo pronóstico, Munchkin ha conseguido ser más listo que la bruja. No sería mérito si la hazaña la hubiese conseguido yo pero, viniendo de él, creo que es justo y necesario darle el mérito que merece.

Como recordaréis, el imberbe dedicaba los amaneceres de los fines de semana a despertar a la bruja mediante cariñosos zarpazos en el cuello, el hombro o cualquier  otra parte de su anatomía que quedase al descubierto. La bruja se levantaba, lo pillaba y lo echaba fuera para seguir durmiendo un rato más.

Pero como la necesidad es la madre del ingenio, Munchkin fue depurando su técnica. No es que lo haya conseguido todo a la primera. Ha sido una carrera de fondo pero al final ha obtenido el ansiado éxito.

Empezó escondiéndose debajo de la cama cuando veía que la bruja se levantaba para que no lo cogiese en brazos para echarlo. Cuando veía que la bruja salía de la habitación, iba él detrás dispuesto a recibir su alimento para encontrarse con que la bruja lo había vuelto a engañar ya que, en cuanto ponía las cuatro patas fuera del dormitorio, la bruja volvía a entrar y lo dejaba fuera.

Munchkin dio un paso más y decidió no salir de debajo de la cama hasta escuchar abrirse el armarito que alberga habitualmente nuestro pienso. Pero nada; el resultado siguió siendo el mismo.

Por tanto, empezó a no salir de su escondite hasta escuchar efectivamente la bolsa de pienso pero esto no era sino otra engañifa de la bruja que, según lo veía aparecer en la cocina con cara de inanición, lo dejaba con dos palmos de narices esperando hasta que ella tuviese a bien levantarse.

Así que ayer por la mañana, a eso de las siete aunque la bruja decía que eran las ocho por no sé qué historia de un cambio de hora (yo es que de esas cosas no entiendo y, como no afectan a mi diario vivir, tampoco me interesan), Munchkin venció su gula y supo esperar pacientemente hasta escuchar el pienso cayendo en el platito después de que la bruja hiciera diferentes sonidos engañosos y viniera un par de veces al dormitorio a comprobar que el niñato no tenía intención alguna de salir de su refugio hasta ver atendidas sus demandas.

Y, claro, como le echó de comer a Munchkin, me tuvo que echar también a mí pero, como no nos puede dejar a nuestro libre albedrío porque al final cada uno se come la comida del otro y eso es un caos (según ella), no le quedó otra que poner mi plato en el dormitorio y cerrar la puerta con la intención de seguir durmiendo. Algo más durmió pero le costó porque, entre mis sonidos de masticación y posteriores maullidos del imberbe queriendo recuperar su sitio en la cama una vez satisfecha su necesidad, no conseguía conciliar el sueño.

No sé cómo lo veréis vosotros pero yo a éste le veo futuro como Secretario General de algún sindicato.

Prrrrrr.

jueves, 23 de marzo de 2017

Fui chica Almodóvar (Parte 2)

Continuamos con la historia comenzada el jueves pasado y que podéis leer aquí.

Como soy una aprovechada, le di a J. mi bolsa con la ropa y le dije que me la llevara, que ya me pasaría por su habitación a recogerla. Preguntó al compañero que sí iba a viajar, a quien llamaremos C., que si se llevaba también su ropa.  C. respondió que tampoco era cuestión de cargarlo como un sherpa. Guardó la bolsa con la ropa en el maletero de un taxi y nos fuimos todos menos J.

Llegamos y alquilamos el coche. Al abrirnos el maletero para que comprobásemos lo espacioso que era, tuve un flashback y le dije a C. “Oye, ¿y tu bolsa de la ropa?”. Ponerse blanco es poco.  Creo que estuvo a punto de desmayarse al darse cuenta de la cantidad de prendas que iba a tener que comprar. Mi jefa dijo “Yo creo que se la ha dado a J.”. Yo opinaba que no. C., al principio quiso aferrarse a la idea de mi jefa pero fue atando cabos y se dio cuenta de que llevaba razón yo. Nos llevamos el coche y, durante todo el camino, mi jefa llamaba por teléfono al hotel para preguntar cómo podíamos hacer para localizar a un taxista. La chica del hotel, que era muy amable (y casualmente uruguaya, no digo más), le preguntó a mi jefa si tenía el ticket del taxi. Lo bueno de viajar por trabajo es que uno pide ticket de todo, así que lo tenía. De ahí pudimos sacar el número de teléfono de la compañía y el número del vehículo. La uruguaya maja le dijo a mi jefa que le diera el número, que iba a intentar encontrar al taxista.

Llegamos al hotel, aparcamos y la uruguaya nos dijo que había localizado al taxista y que iba presuroso a nuestro encuentro con la ropa de C.  Justo estábamos hablando en el lobby cuando vimos aparecer al taxista, triunfal, con la bolsa de C. en la mano. C. daba palmas con las orejas y vi cómo recuperaba el color en su semblante. Estábamos deshaciéndonos en agradecimientos hacia el taxista y la recepcionista cuando, de repente, aparcó otro coche en la entrada del hotel y bajó corriendo el hombre que nos había alquilado el coche, con el mismo tono lívido que le había visto a C. minutos atrás. Nos encontró a todos allí y también lo vi recuperar el color. Nos explicó que había venido corriendo (o conduciendo rápido) a ver si nos encontraba porque en la guantera del coche que nos había alquilado se había dejado unas llaves de otro coche que tenían para alquilar.

Tanto mi jefa como yo nos acordamos de las películas de Almodóvar (las de los ochenta, se entiende), donde siempre había gente persiguiendo a otra gente que a su vez perseguía a más gente y nos dio la risa tonta.

Y, una vez recuperada la ropa y las llaves, pudo volar cada mochuelo a su olivo. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCV: Pues yo no reconecto

No tengo palabras para describir lo extremadamente perturbador que me resulta este anuncio.  Intentaré escribir el post sin sufrir una crisis nerviosa en el proceso.

La escena nos sitúa en el interior de una sala de juntas. A la mesa se sientan cuatro hombres y dos mujeres, todos con su traje gris y anodino. Llega una tercera mujer, que supongo que será la presidenta de la junta, también con traje gris pero con un paquete de gominolas en la mano.

Se sienta a la mesa y dice que van a hablar de las gominolas  en cuestión. No sé si es el único punto del día o si hay más materias que discutir como el presupuesto anual o a cuántos van a despedir ese mes pero lo importante es lo importante. Van a hablar de las gominolas.

La que antes se atreve a participar en el debate, coge de la bolsa una nube (o “marshmallow”, para que veáis que tengo idiomas) y, con una cara que pretende ser de niña repipi pero que más bien la hace parecer una loca de psiquiátrico, dice que eso es una montañita blanquita y dulce (podría decir “dulcecita”, ya que está).

Luego habla otro con dos platanitos en la boca, a modo de colmillos, diciendo que así puede ser un vampiro. A continuación, un hípster trajeado juega con un osito de goma diciendo que el oso es astronauta y va a la luna a comerse un platanito.

Un hombre bizco con gafas de culo de botella saca emocionado un corazón de gominola de la bolsita y exclama “¡El corazóoooon!”. En este momento, una mujer también de gafas pero más bien con pinta de Señorita Rottenmeier que hasta ese momento parecía la única cuerda del grupo, ya que observaba la escena con una cara que iba del asombro a la desaprobación, pasando por el descrédito, de repente le arrebata a Rompetechos el corazoncito de la mano y dice que esa es su favorita y que, cuando se la come, se siente una princesa.

Y todos se ríen, encantados de la vida.

Todo esto, ya de por sí, es bastante extraño pero lo que de verdad me pone los pelos de punta es que todos los actores están doblados por niños pequeños (con voces muy extrañas, por cierto; no es que sea yo una gran experta en infantes pero no conozco a ninguno que tenga una voz similar). Así que, si ya de por sí la cosa daba bastante grima, súmale a eso tener que escuchar a gente que ya no cumple los treinta con vocecilla como de dibujo animado. Es extremadamente inquietante.

Tal vez yo sea la rara, porque he leído opiniones en Tú Tubo de gente felicitando a la agencia por la originalidad del anuncio y destacando la importancia de reconectar con nuestro niño interior pero yo confieso que con este anuncio puedo hacer muchas cosas: temblar de miedo, tener pesadillas, clavarme alfileres bajo las uñas en un vano intento por olvidar… pero nunca reconectar.

lunes, 20 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVIII: Here comes the hotstepper

Marrameowww!!!

El otro día, tras servirnos la comida, la bruja se dejó la bolsa de pienso de Munchkin un rato sobre la encimera.

Y ya lo sé. Seguro que estáis pensando que lo que voy a relatar es cómo el imberbe se abalanzó sobre la bolsa vaciando su contenido y comiendo hasta reventar (qué malo es conocerse) pero no, no va de eso. De lo que va es de que ha descubierto que el “gato modelo” que aparece en su paquete de pienso es sospechosamente parecido a él. He aquí la prueba:

pienso gato sobrepeso


Esto hizo que, del shock, no se acordase de atacar el contenido y se quedase embobado contemplando el continente. Vale, el gato de la bolsa es más bien gris y Munchkin no se dejaría poner un collar ni por todo el pienso del mundo pero la verdad es que hay que reconocer que el parecido es innegable.

Pues bien, a raíz de este reciente descubrimiento está que no hay quien lo aguante. Dice que eso es porque sus genes son los mejores y que seguro que el que sale en la foto es un primo lejano suyo, que ha triunfado en el mundo del modelaje. Que seguro que a él también le darían una campaña si se decidiera a dedicarse a la publicidad pero que no  lo hace porque está seguro de que la bruja aprovecharía para vivir a su costa y no tener que volver a trabajar nunca más en su triste existencia. En eso sí estoy de acuerdo con él, pese al delirio generalizado de sus planteamientos.

Yo le he preguntado si es consciente de que la foto pertenece a una bolsa de pienso de dieta. Que tal vez no es que sus genes sean tan hermosos sino que a lo mejor lo que sucede es que son genes con tendencia a la obesidad pero como si oye llover. Dice que es la envidia la que me hace maullar tamañas atrocidades. Que ya me gustaría a mí que los gatos negros tuviésemos un poco más de protagonismo pero que por algo somos siempre los últimos en ser adoptados ya que por todos es sabido que damos mala suerte y somos un mal presagio desde que el mundo es mundo. Yo no le hago ni caso porque sé que el negro es muy elegante y, además, combina con todo. Seguro que yo triunfaría mucho más en el mundo de la moda. Tengo el pelo más largo y suave y además mi bolsa primordial en envidiable. Pero no me interesa; soy un intelectual y no estoy para frivolidades.

Así que ahora se pasa el día posando, caminando por el pasillo con un cadencioso contoneo de caderas y diciendo que por algo en inglés llaman “catwalk” a las pasarelas y que por eso los angloparlantes son potencia mundial, porque saben dar a las palabras su justo significado y así no hay lugar a malos entendidos.

Por si os lo estabais preguntando, sí, esa etiquetita naranja es el precio. Me parto.

Prrrrrr.

jueves, 16 de marzo de 2017

Fui chica Almodóvar (Parte 1)

A raíz de un comentario que me dejó Laura en el post del jueves pasado,  me dio por recordar la situación de mi vida en la que más he sentido estar atrapada en una película de Almodóvar. Como la historia, pese a haber sucedido en un lapso de unas tres horas, es más larga que un día sin pan y no quiero cerrar la semana aburriéndoos porque luego seguro que me lo echáis en cara, vamos a dividirla en dos posts. Tiene ventajas para vosotros porque se os hace más amena la lectura y para mí porque me saco dos entradas de la misma tontería y parece que mi vida es más intensa de lo que en realidad es.

La historia que nos ocupa sucedió en Santiago de Chile, allá por el año 2006 (sí, ya estoy con mis batallitas de abuela cebolleta pero es lo que hay). Para los que no lo sepáis, me tocó ir a Santiago durante tres meses por temas de trabajo. Fue una gran experiencia pese a las palizas de quince horas diarias de trabajo que me metía. Como trabajábamos mucho, los fines de semana intentábamos desconectar un poco, saliendo por ahí a turistear lo poco que podíamos.

El caso es que un fin de semana largo que tuvimos (el único en tres meses, así que había que explotarlo al máximo), nos invitaron a mi jefa, a un compañero y a mí a ir a una casita que tenía en Valparaíso un chico chileno que trabajaba con nosotros. Para poder movernos con más comodidad y no andar pendientes de autobuses y demás, decidimos alquilar un coche. Pues bien, el día que íbamos a alquilar el coche, decidimos que era una estupenda idea ir primero a lavar la ropa. Como teníamos poco tiempo libre y había que optimizar, chantajeamos emocionalmente a la chica de la lavandería pidiéndole que, cuando terminase la lavadora, nos metiese la ropa en la secadora mientras nosotros íbamos a comer. Porque se suponía que teníamos que esperar a que terminase la lavadora para meterla nosotros en la secadora pero le dijimos que nos hiciese el favor, que acabábamos de llegar de Madrid. La chica accedió pero comenté mientras comíamos que ya se nos podía haber ocurrido otra excusa porque la chica iba a comentar entre sus conocidos que los españoles éramos unos guarros que hacíamos viajes transatlánticos con la ropa sucia. Ahí, dando buena imagen de España.

Recogimos la ropa y un cuarto compañero, que no iba a ir a Valparaíso pero había venido a la lavandería  y a comer con nosotros y a quien llamaremos J., dijo que se volvía para el hotel.

Y de cómo continúa la historia os hablaré el jueves que viene. Pues sí, os dejo con la intriga pero tened en cuenta que si hubiese escrito un post eterno, a estas alturas hubieseis perdido el interés. Si lo único que hago es pensar en vosotros. Soy un espíritu generoso y altruista de los que ya no quedan.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIV: Se equivocaron de juego

Hoy vamos con una “trilogía” de estas que me molan por las múltiples posibilidades que me dan para esta sección.

Se trata de una página web para jugar al bingo online. Hasta hace un tiempo el bingo parecía cosa de octogenarios, que aprovechaban lo de estar marcando numeritos en un cartón para socializar con otros octogenarios. Ahora que se puede jugar por Internet, hasta la gente joven puede pasárselo bomba jugando a este juego tan dinámico y entretenido.

Los tres se desarrollan en un plató de entrevistas, donde el entrevistador es un popular presentador de programas del corazón (y algún reality show) y que,  tengo que decirlo, me cae como una patada en el hígado.

Pero no voy a ser prejuiciosa. A ver de qué va esto.

En el primero de ellos, le preguntan al entrevistado por qué nunca había jugado al bingo online. Él contesta que es porque no sabía que se puede jugar desde el móvil y, así, ganar con su número preferido dondequiera que esté. Vamos, que si no puede jugar todo el día y a todas horas, el juego no le interesa. Pero no es esto lo más desconcertante sino que, dicho esto, tira el móvil por los aires (desconozco por qué razón) y coge de la mano a una bola azul del número 33 con pestañas enormes que está sentada a su lado (sí es una bola con brazos y piernas). Se arrodilla y comienza a besarle la mano, el brazo y… por suerte, ahí cambian el plano y vemos al presentador instándonos a registrarnos.  

Al segundo entrevistado, le preguntan qué se siente al haber ganado más de treinta mil euros jugando al bingo. El aludido, a quien identifican con el nick con que supuestamente está registrado, dice que está feliz de ser uno de los ganadores, mientras nos acribillan a nicks sobreimpresos en la pantalla, que se entiende que serán de más ganadores. Añade que todo ha sido gracias a su número favorito. Antes de hablar de su número favorito, tengo que aclarar que, como no podía ser de otra manera, la perorata anterior la acaba de soltar con una naturalidad y un desparpajo tales, que no nos queda ninguna duda de que estamos escuchando a un ganador real.

Ahora sí, hablemos del número. En este caso se trata de un siete, también azul, pero sin pestañas. Lo que lleva este número son unos morritos rojos de lo más seductores. Esta vez es la bola quien se lanza a buscar contacto físico con el jugador.

Por último, entrevistan a una usuaria que lleva cuatro años jugando al bingo. Ahí es nada. Le preguntan qué es lo que más le gusta. Responde que en esa plataforma es seguro pagar con tarjeta (no sé si hay más formas en las que se pueda pagar en una página de juego online) y que su número de la suerte nunca le falla. Se trata del 27. Tiene bigote y mueve los bracitos desesperados cuando la jugadora empedernida se tira encima de él vete a saber con qué intenciones.

Daos cuenta de que hay un denominador común en las tres entrevistas. Todos tienen número de la suerte. ¿Número de la suerte en el bingo? Si ahí lo que importa es que salgan todos tus números. Si tienes un número de la suerte, tal vez te convenga más jugar a la ruleta.

No puedo comentar más. Estoy en shock y esto ya me ha quedado muy largo.

lunes, 13 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVII: Vigilancia extrema

Marrameowww!!!

La semana pasada tuvimos saturación de humanos. El consorte tuvo turno de tarde en el trabajo, lo cual significó que la bruja salía de casa, como siempre, a eso de las seis y cuarto de la mañana y el consorte se quedaba aquí hasta cerca de las dos y media de la tarde. La bruja llega siempre a eso de las tres y media, por lo que apenas hemos tenido una hora de libertad cada día. Eso deja muy poco margen para planificar maldades.

Lo único que medianamente hemos conseguido es un poco de tortura psicológica. Por norma general, cuando llega la bruja a casa vamos los dos corriendo a su encuentro. Ella piensa que la recibimos en la puerta pero en realidad es una técnica de acoso y derribo para que nos dé de comer. Los días pasados la bruja llegaba a casa y nosotros no nos movíamos del sofá, la cama, el castillito, la cesta, la casita o cualquier otra de las superficies que tenemos habilitadas para dormir, que son muy variadas. La bruja abría la puerta y, tras haber traspasado el umbral, tenía que andar buscando dónde nos habíamos metido. Nos echaba la bronca diciendo “Pero bueno, ¿qué pasa, que no venís a recibirme?”. Daban ganas de responderle “Pues qué va a pasar. Que el consorte ya nos ha dado de comer y ahora mismo no hay nada que necesitemos de ti”.

Así que maldades, lo que se dice maldades, no hemos podido hacer muchas pero al menos nos quedábamos con la satisfacción de verle esa cara de profunda decepción. Parece mentira que a estas alturas todavía no se haya percatado de que todas las “muestras de cariño” que a veces parecemos prodigarle no son más que meros intentos de sacarle algo que queramos en ese momento. Y luego se piensa que es lista, la muy pavota. A estas alturas de la película todavía no entiende cómo funciona el mundo felino.

Pese a esa escasa satisfacción tras hacerla sentir mal, os tengo que contar que la noche del viernes fue muy dura. Los humanos no se habían visto en toda la semana. Bueno, se habían visto pero en estado catatónico ya que, cuando la bruja se iba el consorte aún dormía y, cuando el consorte volvía, la bruja ya estaba en el tercer sueño. Lo más que habían tenido eran breves charlas telefónicas en algún descanso del trabajo. Por este motivo, cuando el consorte volvió el viernes por la noche, se pusieron al día de tooooodas las apasionantes novedades que les habían sucedido durante la semana en sus respectivos trabajos. Fue muy duro tener que escucharlos durante media hora relatando historias soporíferas.  

Espero que pase mucho tiempo antes de que al consorte le vuelva a tocar turno de tarde. No sé si seré capaz de soportar otra vigilancia prácticamente continua y, para colmo, el boletín semanal de novedades, con las ganas que tengo yo de sofá y mantita.

Los gatos también merecemos descansar el fin de semana.

Prrrrrr.

jueves, 9 de marzo de 2017

Surrealismo 4 – Álter 0

Hay días que parece que el surrealismo me persigue. Cierto es que tengo una especie de imán para las situaciones extrañas pero una cosa es un hecho aislado y otra muy distinta cuando parece que los astros se han alineado específicamente para poner a prueba mi resistencia.

Digo esto porque la semana pasada tuve uno de esos días. Bueno, mentiría si dijera que fue un día. Más bien fue una acumulación de sucesos extraños en un lapso de veinte minutos.

Volvía yo de trabajar, con más sueño que ganas de vivir, y me bajé del autobús una parada antes porque decidí pasarme por el veterinario a comprar el pienso de Munchkin. Iba andando por la calle, feliz y despreocupada, cuando de repente se dirige a mí un hombre que tenía que andar cerca de los sesenta años, preguntándome si era de la zona. No suelo fiarme de desconocidos pero, dada su edad y que a priori no parecía sospechoso, le contesté afirmativamente, pensando que iba a preguntarme por una calle, una tienda o algo parecido. El hombre se pone a contarme que ha cerrado una tienda de electrónica que estaba “ahí” (dijo “ahí” y señaló un punto indeterminado) y que andaba vendiendo baterías de carga externa. Me saca una, con su embalaje original y todo y, poniéndomela en la mano me dice que ya viene cargada y que las vende a diez euros con otra de regalo.

Me excusé diciendo que no llevaba dinero encima y me fui de allí, pensando de dónde habría sacado las baterías este hombre. Punto uno: Si tienes una tienda que va a cerrar, haces una liquidación de stock, no te dedicas a ir atosigando a los viandantes para venderles tus porquerías.  Punto dos: ¿En tu maravillosa tienda sólo vendías baterías? ¿No tenías ningún otro producto? Punto tres: ¿Tan poca mercancía tenías que te cabe la tienda en un bolsillo del abrigo?

Le conté mi odisea a la auxiliar de veterinaria (porque a alguien se lo tenía que contar) y me dijo que a ella una vez le habían ido con el cuento de que habían cerrado una cuchillería y que andaban vendiendo una cubertería. Vamos, que a todas luces pinta que se trata de material robado, ya sean cubiertos o baterías.

Me dirijo a mi casa con el pienso y, al pasar por una explanada donde siempre aparcan muchos coches, veo uno con las puertas traseras abiertas y, en el asiento de atrás, dos hombres haciendo vete a saber qué trapicheo (opté por mirar hacia otro lado, que no quiero líos). Lo malo es que, al mirar hacia otro lado, veo a otro que cierra el portal de su casa y, en cuanto pisa la calle, se persigna como si fuese a la guerra o algo.

Pensé que al llegar a mi casa (que nunca me pareció que estuviese tan lejos) ya por fin podría escaparme de tanto surrealismo pero me encontré en el portal con un cartelito publicitando una clínica ayurvédica y que contenía la siguiente frase: “Segunda sesión = Sanguijuelas gratis”. Me entró tal ataque de risa que agradezco no haberme cruzado con ningún vecino. Sé para qué se usan las sanguijuelas pero, escrito así, mi mente enseguida empezó a imaginar que me iban a regalar un saquito con sanguijuelas para criarlas en mi casa cual amorosas mascotas.

En serio ¿por qué me pasan a mí estas cosas?

miércoles, 8 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIII: Al principio, sí. Pero después no.

La última vez que me mudé, hace ya casi cinco años y espero que pasen muchos años más, recuerdo que los tiempos ya habían cambiado desde la vez anterior. Quiero decir, que ya no tenía que dedicarme a comprar el periódico y llamar a todos los que podían interesarme para ir a verlos. Gracias a los avances tecnológicos, esta última vez pude hacer una primera criba visitando portales de venta y alquiler de viviendas, lo cual en principio está muy bien porque ya vas un poco más “a tiro hecho” y puedes ir descartando las que desde un principio te parecen un espanto. Esto no es óbice  para llevarse sorpresas, no obstante (si me seguís desde hace menos tiempo y queréis conocer esa odisea, a la derecha tenéis la etiqueta “La Mudanza” para deleitaros). Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y el tema de los portales de búsqueda de vivienda tienen también sus inconvenientes; como, por ejemplo, que terminas básicamente hasta el moño de visitar páginas web y llega un momento que se te salen las fotos y los filtros por las orejas y ya no recuerdas si el que vas a ver es el que tenía un dibujo de unos ratones fornicando en el baño o el del teléfono de disco en el salón (ambas cosas son verídicas)

Pero bueno, no sé para qué tanto preámbulo. Ah, sí, es que el anuncio es muy corto y con algo hay que rellenar. El asunto es que hoy os traigo un anuncio de un portal de búsqueda de casas. Con una música romanticona, vemos a una chica corriendo con cara de ansia desesperada desde una terraza, al tiempo que un muchacho corre en sentido opuesto desde una puerta, luciendo una sonrisa de oreja a oreja. Corren los dos con los brazos abiertos y todos pensaríamos que se van a dar el abrazo de su vida (o no, porque es un recurso muy manido a estas alturas) pero no. Ella corre a abrazarse a la puerta que ha franqueados hace un segundo su amado (o su compañero de piso; no sé por qué doy por sentado que son pareja) mientras él pone boquita de pato y se abalanza a besar la tarima flotante como el papa después de aterrizar.

Y ése es el anuncio. No hay más. Mi primer impulso fue decir “Menuda estupidez. ¿Quién va a ponerse a abrazar y besar los elementos de un piso? Esto es un anuncio pesadillesco como una casa”. Pero luego le di una segunda vuelta al razonamiento y, recordando las penurias que pasé para encontrar el piso en el que ahora estoy sentada escribiendo (¡Leeros la pestaña “La Mudanza”, hombre ya!) tal vez sí sentí un cierto deseo de liarme a besos con las puertas, las ventanas, los suelos y hasta con el agente inmobiliario y el casero, en un momento dado.

Pero como no tengo sección “Anuncios que al principio sí pero después no”, aquí se va a quedar éste. 

lunes, 6 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVI: Se ha escrito un crimen

Marrameowww!!!

Creo que ya he comentado que Munchkin no es demasiado cariñoso que digamos. Al consorte le pide algún mimo que otro de vez en cuando pero pasa bastante de la bruja salvo para pedirle alimento. Y no lo culpo, la verdad. No todo el mundo ha sido dotado de mi estoicismo.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, ha descubierto que el cariño puede ser una técnica de tortura tan buena como cualquier otra. Sospecho que esto lo ha aprendido de mí. Es así que ahora, cuando ve a la bruja tumbada en el sofá (que es siempre que no tiene nada que hacer porque es una vaga redomada), le da por ir a tumbarse encima de ella.

Hasta aquí la cosa no sería ni digna de mención pero el asunto es que no se tumba de cualquier manera. Primero se tira sus buenos diez minutos “amasando” a la bruja. Clavando bien las patas sobre sus carnes. Y no elige las carnes al azar, no. Le gusta ejercer presión sobre la vejiga o el estómago para que la bruja no vaya a pensarse que le están dando un agradable masaje de “almohadillopuntura”. Y luego, cuando a la bruja ya se le está escapando una lagrimilla por el rabillo del ojo (es incapaz de echarlo porque está trabajando en mantener las buenas relaciones diplomáticas con el imberbe), o amenaza con hacerse pis de un momento a otro a causa de la presión en la vejiga, ya se tumba sobre sus muslos. A veces se coloca de frente a ella, momento que la bruja aprovecha para rascarle la cara y las orejas (y él para soltarle algún bocado a traición) pero, en la mayor parte de ocasiones, se pone mirando hacia sus pies, de tal manera que la bruja sólo contempla el orondo trasero de Munchkin y le rasca un poco el muslamen, conformándose con lo poco que le ha tocado en suerte porque ella es así, perdedora y mediocre por naturaleza. Como, en esta pose, el imberbe no puede dar mordiscos, de vez en cuando retuerce la columna con esa agilidad propia de nuestra especie y le planta un zarpazo en la mano. En definitiva, que las negociaciones diplomáticas avanzan muy lentamente, como casi todas las negociaciones diplomáticas del mundo.

Lo bueno de que Munchkin se tumbe en sus piernas es que me deja libre a mí el torso, espacio que aprovecho para tumbarme cuan largo soy, tapándole media cara con la cabeza. De esta forma,  la dejamos inmovilizada y con dificultades para respirar. Y no, no nos echa porque está a nuestra merced  y porque piensa, la muy ilusa, que esto es amor en lugar de un intento de placaje (y de homicidio doloso con premeditación).

Si alguien conoce a algún gato que esté interesado en vivir con nosotros, que nos lo diga. No va a vivir muy bien, la verdad, pero todavía hay sitio en las pantorrillas y me gustaría comprobar cómo la inmovilizamos del todo.

Prrrrrr.

jueves, 2 de marzo de 2017

Decidido: Voy a ser emprendedora

Hablaba con mi madre por Skype el otro día y, no sé por qué razón, nos pusimos a conversar acerca de restaurantes modernos (y caros). No preguntéis por qué. Nosotras somos muy de divagar y tal vez lo que originó esa conversación fue el precio del transporte público o el nivel de lluvias de la última semana a ambos lados del charco o cualquier otra cosa no relacionada con la hostelería.

El asunto es que mi madre juraba y perjuraba haber leído algo de un restaurante que tiene una sola mesa, de tal manera que tú reservas y el restaurante abre solo para ti. A mí eso de tener a todo el personal del restaurante pendiente de mí me da un poco de agobio. Cualquiera lo diría, con lo fan que soy yo del protagonismo pero lo que me gusta es que me rían las gracias, no que estén pendientes de si me falta un dedo de vino en la copa. Creo que sólo iría si me prometen que me van a poner una pared de ladrillo y una banqueta para que yo pueda soltar ahí un monólogo y no tengan más remedio que reírse de mis chistes porque para eso estoy pagando.

A raíz de eso yo recordé otro que te sirve (y te cobra) aromas. Sí, aromas. Te traen algo que dicen que es, por ejemplo, aroma de bosque, que supongo que consistirá en un montón de hierbajos y un cacho de madera ardiendo para que tú huelas el humito, con el consiguiente tufo a barbacoa en el pelo. Tú hueles eso, pagas a precio de oro y después te vas a un Burger porque algo habrá que cenar.

Y luego mi madre me habló de otro que, cree recordar, está en Grecia y que está completamente a oscuras para que disfrutes al cien por cien del placer sensorial de la comida en tu paladar. Esto sí me pareció un buen negocio. Puedes saltarte a la torera las normas de bromatología. Nadie se va a quejar de que había un pelo en la sopa o de que te han dado las sobras del comensal anterior. Todo el mundo saldrá encantado porque ojos que no ven, corazón que no siente.

Ya me imagino al maître comentándole al chef “Me han dicho los de la mesa seis que les ha parecido sublime el efecto crocante en la salsa de fresas del postre”. El chef, con un guiño cómplice al maître, le revelaría que en realidad se trataba de cucarachas bebé.

La siguiente escena sería el maître llevando la cuenta en una bandejita de plata, con lágrimas en los ojos de intentar contener la risa y diciendo para sus adentros “Hay que ver cómo es este Jean-Pierre”, al tiempo que movería la cabeza de un lado a otro.

Así que me he propuesto abrir un restaurante de estos. Todo son ventajas. Puedes hacer el guarro a placer y las risas están aseguradas. ¿Qué más puedo pedir de un puesto de trabajo?

miércoles, 1 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCII: Aperitivos y dopaje

Vemos a un chico en una fiesta. Una fiesta de estas que se supone que son elegantes, porque todos los hombres van de traje mientras las mujeres lucen sus mejores vestidos de noche. Se ven copas de champán por doquier y un cisne esculpido en hielo. Aquí es donde yo diría que tan elegante no será la fiesta con semejante horterada presidiendo el salón pero la nota discordante realmente no la da el ave congelada sino que el chico del que hablaba al principio está comiendo triangulitos de maíz directamente de la bolsa haciendo sonidos crujientes con la mandíbula y llenándose los dedos de polvillo rojo. Glamour nivel experto.

Comienza a sonar “I need a hero” de Bonnie Tyler y, mientras el chico se llena la boca con un triángulo de esos (yo soy de las que los van mordisqueando para evitar la cara de hámster que se le queda a él, pues los vértices se le clavan en la parte interior de los carrillos) y, sin motivo aparente, se tira a la piscina vestido como está (con traje y zapatillas deportivas, a lo Emilio Aragón en VIP Noche). No se tira de cabeza sino haciendo algo parecido a la grulla de Karate Kid pero con los brazos en posición hercúlea. Ya sé que no me habéis entendido pero esto es indescriptible.

A continuación lo vemos sujetando con cada mano la mano de otros dos tíos mientras una chica le da triángulos de maíz en la boquita. El plano se abre y vemos que está echando un pulso simultáneo con sendos forzudos.

La secuencia cambia y lo vemos comiendo otro triangulito (ahora sí parece capaz de alimentarse por sí mismo). Hecho esto, se retira de los hombros una capa azul noche y observamos que luce unos pañales de tela. No, no es un anuncio de elementos contra la incontinencia. Por lo visto se dispone a enfrentarse a un luchador de sumo que le dobla el tamaño a lo alto, a lo ancho y en circunferencia.

No sabemos el resultado de esto porque el anuncio termina con una imagen de la bolsa de triangulitos y el lema “Atrévete”. Tal vez hayan tenido que llevarse al actor al hospital y ya no había tiempo de cambiar el anuncio, por lo que optaron por cortar las escenas que pudieran herir la sensibilidad del espectador y dejarlo como estaba.

Así que voy a tener que plantearme, la próxima vez que me siente delante de la tele a contemplar cómo engordan mis caderas, si no sería conveniente salir a retar a la vecina a un duelo de capoeira o similar. Lo de comer por comer ya no mola nada y ahora el objetivo de zampar aperitivos es armarse de valor para hacer cosas arriesgadas que no harías en circunstancias normales.

Tal vez los controles anti-dopping de los deportistas de élite deberían incluir un análisis para descartar si se han ingerido triángulos de maíz en las últimas veinticuatro horas y, en caso afirmativo, descalificarlos ipso facto