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jueves, 21 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas VI: Cómo sobrevivir a un día en el aeropuerto

Abandonando La Gomera
Diciendo adiós a La Gomera
Y definitivamente había que volver a los Madriles. Nuestro vuelo de vuelta salía a las siete de la tarde pero, como no habíamos conseguido una combinación de ferry-vuelo que nos sirviera, tuvimos que ir saliendo del hotel a las nueve de la mañana.

Camionetita por carretera sinuosa una vez más (Álter con el corazón encogido también una vez más) y viaje en ferry de cuarenta minutos hasta llegar a Tenerife. Me mola el ferry como medio de transporte. Te pones en la parte de fuera y te va dando la brisa marina (bueno, brisa o más bien un vendaval pero es de lo más agradable). Es que me gusta ver agua, qué le vamos a hacer.

Llegando a Tenerife desde La Gomera
Llegando a Tenerife
Nos vino a buscar el taxista al puerto para llevarnos al aeropuerto de Tenerife Norte. Teníamos intención de dejar el equipaje en consigna para poder pasear un poco hasta que saliera nuestro avión pero habíamos buscado en Internet y hasta llamado por teléfono a Aena y todos nos decían que dicho aeropuerto no contaba con consignas. Como yo no daba crédito, lo pregunté de todos modos en el mostrador de información, donde me sacaron de dudas definitivamente. En el aeropuerto de Tenerife Norte no hay consignas. Muy mal, aeropuerto de Tenerife Norte.

Así que nos tocaba estar atrapados allí durante unas ocho horas (seis, si contábamos con que a las cinco ya se podía facturar el equipaje y, al menos, recorrer el Duty Free Shop). Me compré un par de revistas de pasatiempos y nos sentamos a ver la vida pasar. No os cuento el dolor de cuello con el que terminé de estar en una silla incómoda completando crucigramas y sudokus. De a ratos me levantaba y daba una vuelta por allí. Si necesitáis saber dónde está algo en ese aeropuerto, os puedo dibujar hasta un croquis.

Fuimos a comer cualquier porquería ya que en los aeropuertos nunca tienen delicias locales sino platos precocinados de dudosa procedencia. Como idea de negocio yo propondría montar restaurantes chulos en los aeropuertos, que a veces uno se ve ahí atrapado y le apetecería darse un homenaje de buena comida con su sobremesa, su copa y su puro.

Por fin facturamos el equipaje y tengo que decir que el Duty Free, con tantas ganas que le tenía, resultó ser una decepción. Era pequeñito y no tenía nada demasiado interesante. A lo mejor es que me había creado unas expectativas muy altas.

Aeropuerto de Tenerife Norte
Ese no era nuestro avión, pero
a esas alturas me hubiese subido
a cualquiera
Aprovechamos para conocer los baños de la zona de embarque porque los de la zona de llegadas ya los teníamos muy vistos y para tomarnos un café mientras yo mandaba a mi madre el decimoquinto mail del día.

Arribamos, por fin, a la T2 de Barajas. Llegamos tardísimo y ya habían cerrado todos los sitios donde se pudiera comer (sí, en la T2 cierran todo aunque llegan vuelos a todas horas, son unos genios). En casa no teníamos nada que cenar porque habíamos vaciado la nevera, así que nos tocó ir hasta la T4, donde nos habían dicho que había un Burger abierto 24 horas. No había más opciones. Mi experiencia culinaria iba decayendo según se terminaban las vacaciones.

Pero bueno, que me quiten  lo bailado. Había pasado una semana estupenda y no iba a permitir que una vulgar hamburguesa y el hecho de haber hecho un viaje más largo que si me hubiese ido a ver a mi madre a Montevideo me arruinase las vacaciones. Aparte, esta vez no me accidenté ni me enfermé a la vuelta, como suele ser mi costumbre y ya os he contado en relatos anteriores.

Y si el viaje de vuelta hubiese ido sobre ruedas, tal vez no hubiese tenido nada que escribir para hoy. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXIX: El lácteo con superpoderes

Hace mucho que no traigo anuncio internacional, así que hoy era un día tan bueno como cualquier otro para echar mano de un aporte desde el otro lado del charco. Esta, concretamente, viene desde Argentina de la mano de El Demiurgo de Hurlingham que es un colaborador casi fijo de esta sección.

Siempre he dicho que a mí la publicidad argentina, en términos generales, me parece muy buena pero, claro está, a veces patinan, como en esta ocasión.

Vemos a un chico en una barca en medio de un lago. El locutor nos habla de desolación y el pobre chico grita “Noooooo” (será por la desolación, claro) mientras la cámara se aleja mostrando cantidades de agua a su alrededor para darnos una imagen de soledad absoluta.

En la siguiente secuencia vemos a otro chico que juega al pingpong con… nadie. Tira la pelotita desde su lado de la red y, del otro lado, no hay nadie para recogerla, cayendo ésta irremediablemente al otro extremo de la mesa.  Una imagen de lo más triste y supongo que por esto, el locutor dice “tristeza”.

Luego vemos a una chica bajo un paraguas en la puerta de un cine. No sé por qué las escenas de abandono siempre tienen que incluir lluvia ¿Los días de sol no se deja plantado a nadie?

Nos explican que el motivo de tanto abandono es la pachorra. No sabemos por qué motivo los amigos con pachorra no son gente real sino unos muñecos de felpa amarillos muy extraños, que se abanican o se tumban en un sofá sin ganas de hacer nada (yo en cualquier momento me convierto en uno de ellos).

Pero llega uno que tiene el remedio al terrible mal de la pachorra. Un yogur. Sí, un yogur, yo qué sé. Le hace entrega del yogur al chico del pingpong mientras le dice que se va a convertir en un héroe. El “pingponero” lanza por los aires el yogur, que cae en la mano del muñeco que se abanicaba y, milagrosamente, se convierte en un ser humano. Lo mismo sucede con el muñeco que se había quedado en el muelle sin subir a la barquita y con la muñeca que dormita en el sofá, a la que su amiga le lanza un yogur desde la puerta del cine.

Todos se comen su yogur y corren a los brazos de sus amigos porque, al parecer, es un yogur que te da muchísima energía. No sé si es porque tiene cereales o a saber qué será lo que tiene…

Así que ya sabéis. Si teméis que vuestros amigos os vayan a dejar plantados, dadles un yogur antes de salir y tendréis fiesta asegurada hasta la madrugada. En lo particular, desde que vi este anuncio siempre llevo un yogur con cereales en el bolso y si veo, un suponer, que la cajera del supermercado está un poco lenta, le abro la boca y se lo echo en el gaznate. No veáis cómo vuelan los productos por la cinta.

N.del T. Aquí en España el significado de “pachorra” es más fiel a la RAE y se usa para hablar de una cierta lentitud en hacer las cosas. En el Río de la Plata se utiliza más bien para referirse a la pereza.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXVI: El tiro por la culata

Marameowww!!!

Domingo por la mañana y la bruja me planta frente al ordenador para ponerme a trabajar. “Hala, te toca escribir tu entrada para mañana”, me dice. Arguyo que no tengo nada sobre lo que escribir, a lo que ella replica que cuente alguna de las maldades de la semana.

“No tengo ninguna”, le digo. La bruja dice que eso es imposible, que cómo no voy a tener ninguna. Oigo cómo su mermado cerebro lucha en vano por encontrar algún ejemplo con el que darme en todo el hocico. Los engranajes oxidados chirrían, se debaten entre la vida y la muerte intentando establecer conexiones neuronales que resultan infructuosas. “Pues Munchkin seguro que ha hecho algo”, dice con tal de no darse por vencida, como quien da un manotazo de ahogado.

“Tampoco”, sentencio. Ella responde que eso es imposible, que algo tenemos que haber hecho o no seríamos nosotros. Que en nuestra naturaleza está el ser perversos y que rememore qué hemos hecho en el fin de semana, por poner un ejemplo. Ahí creo que hasta ella se da cuenta de que lo único que hemos hecho en el fin de semana ha sido dormir y acurrucarnos junto a ella en el sofá para dejarnos hacer mimitos (porque bajó la temperatura y teníamos un poco de frío, no porque de repente hayamos descubierto lo enamoradísimos que estamos de ella). Hasta la dejé dormir hasta tarde (relativamente). “¿Será posible que os hayáis portado bien?”, se pregunta, presa del estupor.

Pues sí, nos hemos portado bien. Ella busca y rebusca en su memoria y no da con cosas que echarnos en cara. “¿Cómo es posible que os hayáis portado bien?”, me pregunta. Respondo que estuve pensando que, si nos portábamos bien, no habría material para la sección, lo cual derivaría en una sección menos y, por ende, un bajón considerable en las visitas semanales y que estaba seguro de que con eso la fastidiaría un montón, ya que por todos es sabido que yo y sólo yo soy la estrella indiscutible de este blog.

“Eres maquiavélico”, me dice, como si acabase de hacer el descubrimiento del siglo y le fuesen a dar un Nobel. “Pues que sepas que eso es una maldad, así que ya estás tardando en sentarte a escribirla”. Intento encontrar mil argumentos que secunden que la ausencia de maldades no es una maldad per se, independientemente de las motivaciones intrínsecas que haya podido tener para ello. No cuela. La bruja concluye “Te ha salido el tiro por la culata, amigo mío”.

Y lo peor de todo es que tiene razón, así que no me queda más remedio que plantar mis zarpas sobre el teclado y relataros cómo pensaba destrozar su vida bloguera y me he tenido que tragar mis palabras por haber sido un bocazas (nota mental: a la próxima, guardarme sólo para mí mis intenciones. Si quiero parecer bueno, tengo que parecer también un poco tonto, por mucho esfuerzo que me cueste).

Si no la gana la empata, la condenada.

Prrrrrr.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas V: Un cabrito, un hermoso paseo y un queso fallido

Torre del Conde, San Sebastián de la Gomera
Frente a la Torre del Conde
Y el viaje iba tocando a su fin. Al día siguiente tocaría poner rumbo nuevamente a los Madriles, por lo que decidimos pasar el día conociendo San Sebastián de la Gomera, que eso de andar todo el día en chanclas y bañador está muy bien pero también hay que culturizarse un poco.

De manera que tomamos la guagua (que es un autobús, pero dicho en canario) y para allí que nos fuimos. He de decir que a mí los viajes por carreteras gomeras me ponían un poco de los nervios porque son muy estrechas, hacen dos millones y medio de curvas y vas pegado a un barranco. El que se saque el carnet de conducir en La Gomera ya puede conducir en cualquier sitio del mundo. Llegamos sanos y salvos, así que dimos una vuelta por el parque de la Torre del Conde para ver la ídem. Es una fortaleza castellana del Siglo XV pero se rumorea que en realidad no valía para nada, más que para satisfacer el ego del Conde de La Gomera porque no tenía ni armas ni nada de nada.

Peces en el puerto de San Sebastián de la Gomera
¿Veis qué felices los pececillos?
De ahí fuimos a ver la Playa de San Sebastián (sólo a verla, porque yo le había dicho al churri que me daba pereza infinita andar haciendo turismo con los bártulos de la playa, por lo que no nos llevamos nada). Desde allí dimos un paseo (largo y a pleno sol del mediodía) por el puerto. Soy de puerto, bien lo sabéis vosotros y siempre me quedo embobada, ya sea un puerto deportivo, pesquero o comercial (los containers amontonados tienen algo que me fascina) pero tengo que decir que en mi vida había visto yo un puerto, sea del tipo que sea, con el agua tan limpia. Era cristalina y se podían ver perfectamente miles de peces nadando felices entre los barcos.

Playa de la Cueva, San Sebastián de la Gomera
La arena quemaba un montón
Llegamos a la Playa de la Cueva. Tenía yo intención de comer en un restaurante que había justo enfrente, al que llevaba llamando infructuosamente para reservar desde el día anterior. Un cartel de “Cerrado” me dio la respuesta a por qué nadie atendía el teléfono. El churri insistió en bajar a caminar por la arena de la  playa. Y sí, habéis adivinado, llevaba las mismas sandalias que el día de los pedruscos en Playa Santiago. Aquí no había pedruscos pero a esas horas la arena era como lava ardiente colándose entre mis dedos, así que hice el ridículo una vez más dando saltitos y gritando “Ay, quema, quema muuuchooo”. Si no doy el cante allá donde vaya no me quedo a gusto.

Álter en las calles de San Sebastián de la Gomera
Buscando dónde comer
Total, que teníamos calor, hambre y yo le sumaba unos pies quemados, así que ¿qué podíamos hacer? Pues volver hacia el centro y comer, claro está. Dado que el restaurante al que yo quería ir estaba cerrado, nos pusimos a investigar por Internet y recalamos en un restaurante llamado “La Salamandra” (Calle Real, 18). Todo lo que había en la carta tenía una pinta fabulosa pero nos dijeron que fuera de carta tenían cabrito y los ojos nos hicieron chiribitas. Pedimos una ensaladita para acompañar, que así parece todo más sano. La ensalada estaba buenísima y el cabrito… ¿qué decir del cabrito? Era una cosa deliciosa. Lo coroné con un postre de chocolate que se fue directo a mis caderas pero qué placer, oye.

Como ya sabéis que si yo no compro un queso local vaya donde vaya es como si no hubiera viajado, pregunté en el restaurante dónde podía conseguir quesos buenos (le tenía yo echado el ojo a un queso ahumado de cabra que provoca orgasmos). El chico que nos atendía, que era tan majo como todos los que nos atendieron en cualquier otro sitio al que hayamos ido, dijo que él en realidad era de Las Palmas, pero que preguntaba a la cocinera. Qué gente más adorable. La cocinera nos recomendó una tiendecita que, si pasas por delante ni la miras, así que estoy segura de que debían tener los mejores quesos de la zona pero me quedé sin llevarme uno porque era tarde y ya habían cerrado. Si alguien sabe de algún sitio bueno en Madrid donde pueda conseguir queso gomero, le estaré eternamente agradecida.

Iglesia Matriz de la Asunción, San Sebastián de la Gomera
La iglesia pirateada
Pero bueno, la ausencia de queso no nos iba a impedir disfrutar del resto del paseo. Vimos la Iglesia Matriz de la Asunción, construida en el siglo XV y que fue atacada por los piratas en innumerables ocasiones. Eso de los piratas a mí me llegó al alma. Pasamos por la casa de Colón y callejeamos sin rumbo fijo, recalando en un barecillo a tomarnos un cafecito.

Culminamos la jornada dando una vuelta por el paseo marítimo (sobre la acera para que yo no siguiese dando saltitos en la arena) y volvimos a esperar la guagua para dar por culminado nuestro último día. Daba penita pensar que al día siguiente había que irse…. snif. 

Playa de San Sebastián, San Sebastián de la Gomera
La Playa de San Sebastián. Esta no sé si quemaba.

Recorriendo San Sebastián de la Gomera
Callejeando

Álter en San Sebastián de la Gomera
Disfrutando del paseo con la panza llena de cabrito

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXVIII: El pollo como nuevo fetiche

No sé qué tiene el pollo que resulta ser un animal tan explotado en materia de publicidad. Vale, este es un anuncio de pollo. De una cadena de comida hecha a base de pollo, quiero decir, así que tiene más sentido que lo nombren pero, no sé, tal vez con ver una persona deleitándose mientras come sería suficiente para que nos hagamos una idea de la experiencia religiosa que debe ser comer ahí (para quien le guste el pollo, claro; a mí es que me suele hacer bola y por eso nunca compro nada en esa cadena de fast food).

El caso es que un chaval entra en un local y se dirige al mostrador. La dependienta le pregunta si quiere algo “rico, rico”. Dado que el cliente responde afirmativamente, le informa que tienen la promoción del “pollo pollo”. Él se emociona y le responde que tiene todo el rollo. Me veo venir una secuencia de rimas traídas de los pelos. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.

Ella se dirige a la parte trasera del mostrador, donde recoge un cubo con trozos de pollo empanado y, súbitamente, el local se queda vacío y a oscuras, iluminado únicamente por unas luces de neón. La dependienta con su cubo, de repente está acompañada por otras dos chicas con sendos cubos de pollo en las manos. Comienzan a bailotear y a cantar una canción donde afirman que tú lo que quieres es “pollo pollo” (entiendo que las piezas de pollo estarán pegadas al cubo para el anuncio porque si no ya estaríamos viendo volar por los aires trozos de ave). Las chicas bailan en patines. Me presunto si su seguro cubre un accidente por caída mientras se baila en patines una oda al pollo. ¿Habrá una cláusula especial para eso?  Como el local se les queda corto para dar rienda suelta a su desenfreno, continúan la juerga en el aparcamiento. La coreografía merece especial mención, con los codos hacia afuera para imitar el aleteo de la gallinácea.

Y sí, las rimas son todo un lujo. La alita la tiene loquita, vaya rollo tiene el pollo y que cómo le ponen las hamburguesitas. Esto no rima con nada pero sirve para hacer un primer plano de la pierna de la dependienta en shorts pasando la mano de manera sensual. El sexo vende aunque sea para anunciar productos avícolas.

Tan extrañamente como había empezado semejante despropósito, se interrumpe cuando vemos a la dependienta nuevamente tras el mostrador haciendo entrega del cubo al cliente. Entiendo (dentro de lo que soy capaz de entender en esta demencia) que todo ha sido obra de la calenturienta imaginación del muchacho y que la chica no ha abandonado en ningún momento su puesto de trabajo para ponerse a bailotear. Creo.

Y el anuncio termina aquí. Al final no nos hemos enterado de cuál es la promoción. No nos han dicho precios ni cantidad de pollo a servir ni nada de nada. Sólo sabemos que a ella le ponen las hamburguesitas. 

lunes, 11 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXV: Me lo prohíben todo

Marrameowww!!!

El otro día me tocó ir a vacunarme. Ya sabéis que no llevo nada bien eso de ir al veterinario pero lo llevo todavía peor cuando me llevan entre semana por la mañana porque el veterinario que está en la clínica es un sargento que pretende que los gatos vivamos bajo un régimen marcial. Que si no podemos comer de a poco, sino que nos tenemos que zampar toda la ración de una sentada, que si no se nos puede dar ni una mísera chuche… Con la bruja no se lleva nada bien porque, cada vez que habla con él, le termina dando una clase magistral salpicada de términos en latín (dice, por ejemplo, que a los gatos no se nos puede dejar ad libitum) y le da un repaso de todas las cosas que está haciendo mal, haciéndola sentir la peor cuidadora de animales del mundo (tal vez sólo precedida por Glenn Close en Atracción Fatal).

Pero como, en esta ocasión, el encargado de llevarme era el consorte y a él no le da tantas lecciones (la bruja sospecha que el veterinario en cuestión padece de cierta misoginia pero yo opino que ni misoginia ni ratones muertos; el tema es que no hay más que verle la cara de lerda para darse cuenta de que hay que explicarle todo hasta la extenuación), me llevó por la mañana porque era el rato que tenía libre.

El veterinario me vacunó pero como nunca se quedan conformes sólo con eso, también me hizo un chequeo. Determinó que, aunque no era preocupante, se me veía un poquito deshidratado. El consorte se extrañó, ya que ningún veterinario había constatado nunca semejante cosa y, además, bebo agüita. El veterinario preguntó entonces “¿No será bebedor de grifo?”. Lo preguntó así, como si ser “bebedor de grifo” sólo fuese comparable a ser ebrio consuetudinario o como si el consorte le hubiese dicho que fumo.

El consorte confirmó sus terribles sospechas. “Sí, es bebedor de grifo”. Pues le pareció fatal también. Aprovechó para aleccionar también al consorte, diciéndole que eso no se podía consentir y que yo tenía que beber del platito comoestámandadodetodalavidadedios. De nada valieron las explicaciones de que también bebo del plato pero que si pillo a un humano por banda le pido agua del grifo (por fastidiar, más que nada). Según él, es una costumbre malísima que implica que yo me divierta y, por tanto, hay que erradicarla.

Así que el consorte ahora se encuentra inmerso en la tarea de comprar un bebedero que tenga chorrito de agua permanente para asegurarse de que también bebo agua cuando no están en casa. Yo ya bebo agua cuando no están en casa pero este veterinario le mete el miedo en el cuerpo a cualquiera y como el consorte es muy sentido, enseguida se pone en campaña para buscar solución a cualquier problemilla.

Yo seguiré pidiendo agua del grifo porque, si no, no les doy trabajo y eso sí que no se puede consentir, querido veterinario del mal.

Prrrrrr.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Vacaciones tranquilitas IV: Turismo gastronómico y verbenilla

Una mañana en Playa Santiago
Playa Santiago
Al día siguiente de visitar el Parque Garajonay, nuestros doloridos músculos sólo pedían un poco de descanso y optamos por quedarnos todo el día en el hotel haciendo el vago, que es un lujo que una persona sólo puede permitirse en vacaciones. Así que pasamos la mañana en la piscina de agua salada del hotel (que era una gozada) y cuando ya estábamos suficientemente mojados y tostados por el sol, fuimos a comer al restaurante de la piscina. De postre me pedí una copa de helado que venía preciosamente adornada con un loro ataviado con una pluma.  Al verlo, le dije al churri que me lo pensaba llevar de recuerdo, a lo que el churri comentó “Mira que te gusta juntar moñadas”. Pues sí, me gusta.

Mi vergüenza era verde y se la
comió un perro
Una vez con la pancita llena, decidimos ir a echarnos la siesta porque, ya que estamos en plan vagancia, hay que hacerlo a lo grande. A la que íbamos volviendo a la habitación el churri me hizo percatarme de la pinta de domingueros que llevábamos y yo, que soy como soy, le dije “es mejorable”, procediendo a colocar en el sombrerito de paja el loro con pluma del helado. Le pedí que me sacara una foto para el blog porque este es el tipo de imagen que quiero que tengáis de mí (la sacó en vertical con el móvil, me disculpo en su nombre). Lo mejor vino después, cuando me dijo “¿a que no hay huevos a llegar con eso a la habitación?” Y los había, claro. Me recorrí todo el hotel con el loro ese en la cabeza, pasando por la piscina principal, que estaba a rebosar de gente. Cabeza alta, muy digna, segura de que iba a marcar tendencia este verano. Creo que el churri pasó más vergüenza que yo. Eso le pasa por desafiarme.

A la noche fuimos a cenar también en el hotel. Las fiestas de Playa Santiago estaban en todo su apogeo, por lo que los camareros intentaron infructuosamente que fuésemos a la verbena después de cenar. Nuestros maltrechos cuerpecillos no estaban para festejos (aunque ellos iban a ir después de currar y tenían que entrar otra vez a las ocho de la mañana pero yo estoy ya muy mayor).

Relajándonos en La Chalana
Creo que esta es LA imagen de mis vacaciones
Esto no duraría mucho tiempo, no obstante. La mañana siguiente la pasamos en la playa y, para comer, optamos por ir al bar La Chalana que es un sitio donde no os podéis fiar del aspecto. Es decir, tú lo ves de fuera y parece un chiringuito de playa sin más  pero os puedo asegurar que he comido como nunca en mi vida. Se pone hasta arriba, así que se disculparon por ponernos en un banquito donde estábamos sentados uno al lado del otro… frente al mar. Una afrenta terrible, sí. Estábamos bajo una sombrilla pero mi pie derecho quedaba al sol y me lo quemé. No hay dolor. El queso frito gomero, las gambas (con más queso) y las croquetas de atún me aliviaron todos los males. Tal vez la jarra de sangría también hizo lo suyo. Me quedé alucinada con la atención. Cuando pedimos los cafés, al chico se le volcó un poquito en el plato (cosa que en Madrid es de lo más habitual).Pues nos ofreció traer otro; yo no daba crédito a mis oídos. Obviamente, dijimos que no, que no pasaba nada. Pues se ve que aun así se quedó con cargo de conciencia y nos invitaron a los cafés. Ole por esa gente maja de La Gomera. No me extraña que en “The Times” le hayan dedicado un artículo.

A la noche, fuimos a cenar al Junonia (Avda. Marítima, 58) donde sólo pedimos ensalada porque el queso frito aún estaba siendo digerido pero la presentación, lo rica que estaba y, una vez más, lo majísimo que era el camarero, me hizo plantearme atarme a un cactus con pinchos y todo y no querer irme nunca más de esa isla buena.


Playa Santiago engalanada, esperando la noche
Y sí, tras las cena fuimos a la verbena. Asistimos a un concierto de un grupo tinerfeño de rock llamado “Ni 1 pelo de tonto” que hacen covers de los ochenta. Lo que me divertí, con lo ochentera que soy, no tiene precio. La energía y el buen rollo que tenía esa gente no se puede describir con palabras. Eso sí, me di cuenta de que ya pertenezco a la franja etaria para los que antaño se ponían los pasodobles. Había por allí un grupito de chicas de unos 16 años, empeñadas en que el cantante interpretara “Despacito” (por suerte, se negó rotundamente) y eso me hizo percatarme de que yo ya estoy “en el otro grupo” pero me dio igual; disfruté como una enana y me fui a dormir enamorada de Playa Santiago, de su gente y de los canarios en general.  

Aquí os dejo más fotitos hasta la semana que viene:

Álter en Playa Santiago
Cansada pero feliz

Una mañana en Playa Santiago, julio de 2017
Otra vista de Playa Santiago

Playa Santiago, julio de 2017
Y otra más

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXVII: Rigor científico

Hoy vamos con uno de desengrasante. Creo que no hay año que no traiga a esta sección un anuncio de este producto pero me da a mí que se han enterado de que escribo sobre ellos y les va la marcha. Toda su ansia es leer cómo hablo de ellos.

En esta ocasión han contratado a una conocida pareja de humoristas. Y cuando digo conocida quiero decir muy conocida. Vamos, que yo era pequeña y estos dos ya andaban en danza por las televisiones de España.

Uno de ellos se ha vestido de científico y, frente a un microscopio, nos informa que las bacterias y los hongos son como los radares de tráfico, que siempre están aunque no se los vea. Mientras nos cuenta esto, vemos en el monitor que tiene a su derecha a un montón de bichos verdes peludos que, imaginamos como buenos televidentes avispados que somos, deben de ser las bacterias.

Nos dan la oportunidad de mirar por el microscopio del científico y vemos que el bicho verde peludo es el otro humorista, quien manifiesta ser un enamorado de la grasa, lo cual demuestra pringando la lente del microscopio. El científico pulveriza algo sobre el mismo pero, al parecer, sin el producto adecuado las bacterias únicamente se reirán de nosotros. Para demostrarlo, volvemos a ver al bicho verde sacando la lengua y canturreando que es una bacteria y es imposible matarla. Al final teníamos razón, el bicho verde es una bacteria. Qué listos somos.

El científico, entonces, nos dice que con este quitagrasas se elimina todo, todo. La grasa y todos los bichos verdes o de cualquier otro color que pululen por las encimeras de nuestras cocinas. En realidad dice que elimina al 99,9% de estos seres. Me gustaría saber cuáles son los que sobreviven al ataque químico.

Dicho esto, vuelve a pulverizar el microscopio y la bacteria verde manifiesta que así da gusto morirse. Salta del microscopio y aparece junto al científico, con un tamaño de ser humano y dando tumbos hasta que cae redonda al suelo. O sea, ¿que la bacteria ha crecido antes de morir? Me recordó al anuncio de Nopol de Les Luthiers, con aquello de que fortalecía a las polillas (aquí lo tenéis, no seáis ansiosos)

Y otra duda que me surge es, si el científico se supone que quiere investigar a la bacteria ¿por qué narices la mata? No veo yo mucho rigor científico en eso. Lo más lógico sería esperar a que muera de muerte natural para así estudiar su ciclo de vida.

En fin, que estos del quitagrasas cada año que pasa se superan a sí mismos. Creo que, si algún año no sacan anuncio nuevo o me vienen con algún ama de casa  sonriendo y hablándonos de lo reluciente que tiene ahora la cocina, me voy a sentir hasta decepcionada.

Así que, pese a que me dejan ojiplática cada año, espero que sigan así muchos años más. Se han convertido en un valor seguro para esta sección. 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Crónicas Felinas CCXXIV: Al final tenía razón

Marrameowww!!!

Ya he relatado en anteriores ocasiones que suelo traer de cabeza a los humanos con el tema de la comida. Hay días en que como menos porque sí, porque me apetece que se preocupen un poco. Munchkin, en cambio, es de deglutir el pienso como si se fuesen a agotar las reservas mundiales.

Hace cosa de una semana se nos terminó el pienso. El consorte no encontró el que solemos comer habitualmente, por lo que compró otro que es de la misma marca y del mismo sabor pero sin control de bolas de pelo. Esa es la única diferencia, doy fe. Bueno, esa y que el de control de bolas de pelo tiene los granos un poco más pequeños y redondeados. Por lo demás, el mismo pienso al que le cambian alguna tontería para tener más público objetivo.

Estuvimos como cuatro días comiendo ese pienso sin ningún problema pero, el jueves pasado, Munchkin no comió mucho en el desayuno y, al volver la bruja de trabajar y ponernos la ración del mediodía, yo comí gustosamente mientras Munchkin miraba el plato y pasaba olímpicamente. La bruja se extrañó, claro, porque ver que mi compañero de desgracias rechaza un plato rebosante no es algo que se vea todos los días. Miraba el plato con desconfianza y hasta daba saltos, como con miedo a que algún grano fuese a atacarlo por sorpresa.

La bruja pensó que al platito le había caído algo que a Munchkin no le gustaba, por lo que le puso uno de plástico de los que usa para las fiestas y así se ahorra andar fregando porque es una vaga, con idéntico resultado. Como de vez en cuando venía a husmear a mi plato, optó por echar su pienso ahí pero tampoco estaba por la labor de comérselo.

Casualmente, a mí había que vacunarme (los había oído conspirar), así que la bruja llamó al consorte para preguntarle si, finalmente, me iban a llevar. El consorte respondió que ese día no, que ya otro porque tenía que pasar por el supermercado (él, no yo), así que la bruja le contó lo sucedido y le dijo que se acercaría ella a intentar conseguir el pienso de siempre. El consorte, que de todo hace un drama, empezó a preguntarle si el imberbe tenía buen aspecto, si jugaba, si había ido al baño… La bruja respondió afirmativamente a todo y dijo que su teoría era que, por el tema que fuera, ese pienso le había dejado de hacer gracia porque se lo veía con hambre (probó  a darle un par de golosinas y casi le arranca un dedo con la desesperación). Pero el consorte no se conformaba, así que le dijo a la bruja que llevarían a Munchkin al veterinario en cuanto él volviera de trabajar. La bruja seguía insistiendo en que podía ir ella a comprar pienso y seguramente se terminaría el problema. El consorte no se dejó convencer hasta que volvió del trabajo. Ahí dijo que bueno, que se acercaban a la veterinaria a comprar el otro pienso pero que, como no comiera, al día siguiente lo llevaban de cabeza a la consulta.

Fueron a por el otro pienso y comió, vaya si comió. No dejó ni las migas. Me alegra que Munchkin no tuviera nada pero me fastidia el tonito de superioridad de la bruja diciendo “te dije que era el pienso”.

Cómo me fastidia que tenga razón.

Prrrrrr.

jueves, 31 de agosto de 2017

Vacaciones tranquilitas III: Neuf kilomètres à pied ça use les souliers

Parque Nacional de Garajonay, La Gomera
Documento gráfico acreditativo
Como os comentaba la semana pasada, no todo iba a ser hacer el vago. También hay que salir a conocer un poco de mundo y qué mejor que meterse entre pecho y espalda una buena caminata de nueve kilómetros ascendiendo por caminos de cabras para sentirse en contacto con la naturaleza y en deuda con los pulmones.

Cuando le comenté a mi madre, meses antes, que tenía intención de visitar La Gomera, le salió su parte científica y prácticamente me ordenó visitar el Parque Nacional del Garajonay porque en la Facultad le habían hablado siempre mucho de él y no había tenido ocasión de conocerlo en persona. Yo, como buena hija que soy, le prometí conocerlo por ella, en esa clase de promesas que se hacen en las películas. Ya sabéis, promesas del estilo “vengaré tu muerte”,  “cumpliré tu sueño” o “visitaré una laurisilva del Terciario, declarada patrimonio de la Unesco sólo por ti”. Esta última frase es muy común.

Ascenso al Parque Garajonay, La Gomera
Comenzando a subir
Así que nos apuntamos a la excursión. El autobús nos dejó abajo y, como digo, tuvimos que ascender y ascender y seguir ascendiendo… De vez en cuando parábamos para que nuestro guía explicase cosas en alemán a la gran mayoría de asistentes y luego en español al churri y a mí, que éramos los exóticos del grupo. Cabe destacar que el guía era danés. Yo alucino con la cantidad de idiomas que habla fluidamente alguna gente. Al principio también daba indicaciones en inglés pero después se percató que no había nadie que hablase la lengua de Shakespeare.

Excursionistas subiendo al Parque Garajonay, La Gomera
¿Veis ahí la cima? Pues ahí no era
Lo dicho, que casi echamos el bofe porque, cada vez que llegábamos a un llano con la esperanza de que finalmente hubiésemos arribado a destino había una nueva cuesta aún peor que la anterior. A mí me dio por recordar a mis compatriotas de “Viven”, cuando llegaron a la cumbre de una montaña esperando ver los verdes prados desde arriba y se encontraron con más montañas. Empecé a plantearme si deberíamos comernos a nuestros compañeros de excursión pero no me preocupé demasiado porque los alemanes tenían pinta de valor nutricional. Nos superaban en número pero a un latino con hambre no hay quien le gane.

Árboles "Blair Witch" en Parque Nacional Garajonay
Yo buscaba cosas colgadas de los árboles, como "The Blair
Witch Project"
El caso es que al final llegamos al parque. Y he de decir que todo el esfuerzo valió la pena. Es una preciosidad y yo, que ya sabéis que soy una elfa silvana frustrada, me sentía en mi salsa. Hicimos un alto en el camino para tomar un tentempié (comí un sándwich y un plátano; por si os estáis preguntando si le hinqué el diente a un alemán) y seguimos andando y andando por dentro del parque (por suerte, aquí el terreno es bastante llano, así que mis piernas descansaron un poquito).

Valle Gran Rey, La Gomera
En Valle Gran Rey, con pinta de derrengada
Finalmente, emprendimos el regreso. Volvimos a bajar (esta vez no tanto porque el autobús nos esperaba más arriba, lo que me hace sospechar que lo de subir tantos kilómetros a pie era por un simple placer sádico de vernos sufrir) y nos dejaron un ratito en Valle Gran Rey para dar una vuelta y, en el caso del churri y mío, tomarnos un refresco en un barecillo para comprobar si no nos habíamos “asalvajado” en el proceso. Os dejo más fotitos hasta la semana que viene.





P.S. Para los que no entendáis la gracieta del título, es una canción de excursión francesa que cantábamos siempre en el colegio. La cercanía a la muerte te hace recordar experiencias pasadas.



Ascenso a Parque Garajonay, La Gomera
En el ascenso

Vista de Valle Gran Rey ascendiendo al Garajonay
Valle Gran Rey desde las alturas

Jugando al escondite en Parque Garajonay
Jugando al escondite. No, no soy tan chorra

miércoles, 30 de agosto de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXVI: Corto pero inquietante

Vamos a hablar hoy de un anuncio que no sé si tildar de “pesadillesco” o más bien de “hacedor de pesadillas”, sobre todo en los más tiernos infantes. Es muy corto y no tiene demasiados cambios de escenario, lo que me dificulta alcanzar mi extensión habitual de quinientas palabras pero no podía dejarlo de lado por su metraje, ya que merece tener su rinconcito en esta sección.

Por tanto, intentaré explicar el anuncio y, al mismo tiempo, rellenar espacio con palabras innecesarias (como el párrafo anterior o este mismo), salpicadas con alguna anécdota infantil y seguro que no os dais ni cuenta. Os manipulo de un modo maquiavélico. Soy absolutamente genial.

Y llevamos ya 111.

El producto a publicitar es un champú especialmente diseñado para niños, que se supone que evita los enredos para que el momento de peinar no se convierta en una tortura. Yo hubiese tirado por los derroteros de una escena cotidiana como los escándalos que montaba yo de pequeña, profiriendo alaridos y llorando con hipidos y mi madre terminaba al borde del colapso con un tic en el ojo y unas cuantas canas más. Pues eso, algo así. Una experiencia que hayamos vivido todos ya sea en el papel de hijos o en el de padres.

Pero no, había que ser originales, así que han optado por representar los enredos como unos monstruitos de plastilina con la ropa llena de manchas. Algunos son monstruitos peludos de colores que caen al agua de la bañera con un sonoro “plop” cuando la madre utiliza el champú en la cabellera de sus vástagos.  Y, cuando hacen “plop”, hay stop para ellos porque se terminan yendo por el desagüe dando vueltas y más vueltas. Son feítos y un poco desagradables pero oye, supongo que también tienen derecho a vivir. No es cuestión de andar llenando el alcantarillado público de extraños seres porque J.K. Rowling se quedaría sin ideas para un próximo libro. Hay que pensar en el trabajo de los demás también.

Pues los bichos estos pululan por las cabezas de los niños y ellos los miran con cierta cara de curiosidad pero sin asco. Es más, cantan y bailan felices una alegre y pegadiza tonadilla, como si tener bichos en su cabeza fuese algo de lo más habitual y no provocase aprensión alguna. Confieso que la primera vez que vi el anuncio no estaba prestando mucha atención y pensé que era un champú para los piojos. Me pareció asqueroso representar a los piojos como bichos peludos morados del tamaño de un puño que dan saltitos y chapotean en el agua y más extraño me parecía aún que  los niños no pusieran cara de náusea; así que la segunda vez presté más atención y me percaté de que no eran piojos sino enredos. Los bicharracos siguen dando mal rollito pero por lo menos no resulta tan desagradable como si se tratase de parásitos capilares.

Y, con la tontería, en el próximo párrafo alcanzaremos las quinientas palabras.

Os cuelo cualquier cosa.

lunes, 28 de agosto de 2017

Crónicas Felinas CCXXIII: Costó pero lo conseguí

Marrameowww!!!

No sé si os había comentado que hace un tiempo la bruja y el consorte habían decidido cambiar el tipo de arena de nuestro cajón de ídem. Si no os lo conté, os lo cuento ahora y si resulta que sí lo hice, os fastidiáis y lo volvéis a leer.

Pues sí, resulta que, como la bruja es una vaga, sustituyó la arena tradicional por perlitas de sílice porque, en teoría, estas últimas pueden cambiarse cada quince en días en lugar de una vez por semana. Muy contenta se veía ella con su idea.

Pero yo no lo iba a consentir.

Así que tramé un plan maquiavélico para boicotear la sílice y volver a mi arena de toda la vida. Esto es: la bruja cambiaba la arena y yo usaba muy pulcramente el cajón durante una semana. Una vez cumplido el plazo, empezaba a hacer pis donde pillara. Y, por “donde pillara” quiero decir casi cualquier cosa que supiese que iba a molestar: la alfombrilla del baño, la toalla del consorte, una de nuestras camitas, el cubo de fregar mientras el consorte fregaba (pena que me vio y cambió el agua porque hubiese sido un puntazo que fregase el suelo con mis aguas menores) y el bidet. Vale, con el bidet reconozco que no estuve muy inspirado porque es muy fácil de limpiar pero ya se me iban agotando las ideas.

Huelga decir que esto no fue un proceso de un solo día, no. Esto me llevó semanas para que finalmente dejasen de preguntarse cuál era el motivo por el que yo, limpito como soy, hubiese optado por comportarme con un salvaje. Les costó atar cabos y darse cuenta de que no hacía pis en otro sitio salvo el cajón cuando la sílice aún no había cumplido una semana de vida y empezaba a comportarme de modo tan incívico cuando ya había expirado el plazo que yo considero aceptable. Son lentos de entendederas, sí.

El caso es que finalmente esas neuronas humanas y esos cocientes intelectuales desaprovechados consiguieron interpretar los valores de causa-efecto y, por fin, hemos vuelto a la arena tradicional. Debo decir que me siento aliviado porque se me estaba terminando la inspiración en lo que a buscar sitios extraños donde hacer pis se refiere. Hacerlo en la cama donde duermen ya me parecía excesivo; sobre todo porque ahí también me gusta a mí dormir por las noches y hubiese terminado siendo víctima de mi propia venganza, lo cual, a todas luces, no parece una jugada muy inteligente. La alfombrilla del ratón también estaba descartada porque la uso yo para contaros mis jugarretas o para echarme la siesta cuando la bruja intenta escribir.

La bruja está que trina porque así le toca cambiar la arena todas las semanas pero el consorte está feliz porque la arena tradicional es más barata que la sílice y, como él nunca limpia el cajón, los daños colaterales no le afectan.

Y yo estoy pletórico, claro, porque me he salido con la mía.

Prrrrrr.

jueves, 24 de agosto de 2017

Vacaciones tranquilitas II: Ahora sí empieza la tranquilidad

Playa Santiago vista desde el hotel
Vista desde el hotel
Como os comentaba la semana pasada, el pobre churri no había empezado con muy buen pie las vacaciones pero a la tarde se sentía  un poco mejor, así que fuimos a dar una vueltecilla por el hotel (que es como un mini-pueblito) y aprovechamos para bajar a Playa Santiago a ver el mar.  El paseíto era muy agradable porque ibas bajando por varias cuestas y escaleritas hasta que llegabas a un ascensor que te bajaba por dentro de las rocas hasta que llegabas cinco pisos más abajo y bajabas más escaleritas, recorrías unos doscientos metros y ya estabas en el pueblo. No es tanto como parece así contado. Sobre todo porque, en el camino, ibas disfrutando de vistas como esta que abre el post de hoy.

Mi Álter Ego en Playa Santiago
En Playa Santiago
Por fin llegamos al pueblo y a la playa. Es de pedruscos gordos y, como el plan había sido un poco improvisado, yo iba con unas sandalias que no eran lo más ideal para caminar por ahí. Los lugareños deben haber pensado “Mira la paleta de ciudad esta, que en cualquier momento se nos queda sin piños”. El churri se quitó las zapatillas para meter los pies en el agua pero yo soy de las que no se mojan los pies si no ha ido convenientemente preparada para ello, ya que luego se te quedan llenos de arena y es una incomodidad. El caso es que vi acercarse una ola traicionera, corrí a recoger las zapatillas del churri, la ola me alcanzó, me mojó las sandalias y se les despegó un poco una parte. En fin, no hay dolor. Aunque aún estoy esperando a que el churri me pegue la parte que se despegó.  Churri, por si lo lees, están en el armario. Gracias.

Y ese día poco más. Cenamos (el churri algo ligerito porque aún no se atrevía) y a dormir, que el día había sido muy largo.

Señoras con trajes canarios
Señoras folklóricas
El día siguiente comenzó mi rutina de vagancia, así que nos pasamos la mañana en la piscina, después de comer nos echamos la siesta (yo ya me había olvidado de cómo se hace eso) y a la tarde bajamos nuevamente al pueblo para ir al supermercado porque yo, como una pava, me había olvidado de llevar esponjas y si no uso esponja tengo la sensación de que no me ducho en condiciones. No hay mal que por bien no venga y así descubrimos que en Playa Santiago estaban de fiestas y pudimos asistir a un espectáculo folklórico, que nunca está mal imbuirse de espíritu local.

Vista desde el hotel de Playa Santiago de Noche
Noche en Playa Santiago
Fuimos posteriormente a cenar y, como ya era de noche, pues cada mochuelo a su olivo y cada pardela a su acantilado. Las pardelas, para quienes no las conozcan, son unas aves marinas que te acompañan en La Gomera toda la noche con un canto muy peculiar que a día de hoy sigo echando de menos al irme a dormir. Si pincháis aquí podéis escucharlas. El vídeo está tomado en País Vasco pero los que he encontrado de Canarias se escuchaban a un volumen muy bajo. Es igual, las aves no conocen de fronteras.

La semana que viene prometo que la cosa va a estar más animada, que no todo iba a ser vaguear. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Anuncios Pesadillescos CCXV: Muy machotes peeeero…

Vemos a cuatro muchachotes, cada uno portando un arma distinta: un hacha, una motosierra, una catana y un machete. Podría parecer el tráiler de una película de terror adolescente si no fuera por el detalle de que todos ellos lucen espuma de afeitar en sus rostros y escuchamos las palabras “Aféitate como quieras”, por lo que uno ya se espera cualquier cosa y cualquier cosa sucede.

Un hombre atraviesa la jungla con el machete. No lo usa para cortar el follaje sino que se abre camino apartando las ramas con la mano. El machete descansa cómodamente sobre su hombro. Al llegar a un claro en la espesura, le espera uno de los chicos del principio sentado en una roca enorme mientras los otros tres chavalotes observan la escena, en una especie de ritual de iniciación chungo.

El rudo hombre desenvaina el machete. No sé de dónde porque ya digo que lo traía al hombro pero ponen soniquete de desenvaine, así que habrá que creérselo. Acto seguido, lo afeita perfectamente no dejándole un solo pelo en la cara. También ha estado a punto de dejarlo sin yugular pero no seáis tiquismiquis.

La escena cambia y estamos en un dojo japonés. El chico que al principio llevaba la catana se arrodilla frente a su maestro, quien parece que le va a cercenar el cuello pero al final resulta que lo afeita a catanazos mientras  los otros tres chicos son testigos de tal proeza.

Le toca al chico de la motosierra. Se sienta sobre un tonel en un granero de Iowa (o de Cáceres) y un fornido granjero con camisa de leñador y gorrito de lana le apura la barba con la motosierra sin cortarse un pelo. Sin cortarse un pelo el granjero. Al otro se los corta todos. La espuma vuela por otros lados y los compañeros del muchacho que, cómo no, están de espectadores, apartan la cara como si les estuviesen salpicando vísceras.

Finalmente, nos repiten aquello de que puedes afeitarte como quieras pero ahora añaden una salvedad y es que, una vez acabado el proceso, debes utilizar un bálsamo para cuidar tu delicada piel. Claro. Eres un machote que permite que lo afeiten utilizando herramientas de trabajo o armas pero después te pones delicado y te echas cremita.  Muy coherente todo.

Una nota curiosa es que, en la escena de la jungla, los tres que observan siguen teniendo su espuma de afeitar en la cara. Sería lógico pensar que en la escena del dojo hubiese sólo dos con espuma y, en la de la granja, uno. Pero no, para qué. En todas las escenas los tres restantes están todavía sin afeitar.

Por si os lo estabais preguntando, no sabemos quién, ni cómo, afeita al del hacha. Se ve que todo lo que se les ocurría ya era demasiado gore o que el pobre al final decidió quedarse sin afeitar, en vista de que iba a peligrar su integridad física y una cabeza cortada no hay quién la repare con bálsamo. 

lunes, 21 de agosto de 2017

Crónicas Felinas CCXXII: Que se fastidie

Marrameowww!!!

Estoy muy contento. La bruja venía desde hace tiempo con la cuenta atrás para la entrada número 1.000, pensando en lo ñoña que se iba a poner rememorando los inicios del blog y la gente maravillosa que piensa que la quiere pero que bien sé yo que sólo viene por leerme a mí y a ella le comentan algo por no hacerle el feo. Algo así como si vais de visita a casa de alguien sólo porque su sofá os parece muy cómodo. Tal vez el dueño del sofá no os caiga demasiado bien pero habrá que darle algo de conversación si queréis pasar ahí la tarde.

Ya estaba ella haciendo planes sobre cómo se iba a deshacer en agradecimientos por tantas entradas leídas y, quizás, hasta hubiese tirado de estadísticas para haceros saber cuál es la entrada más leída o la que tiene más comentarios o en cuáles le picaba un pie al escribirlas, como si sus datos insulsos os fuesen a importar algo y como si avasallar con números diese alguna pista acerca de la calidad literaria de las chorradas que aquí plasma. Bueno, vale, la entrada más leída no es mía pero por eso digo que los números, en realidad son algo irrelevante.

El caso es que los planes ñoños de la bruja se han ido al garete porque… la entrada número 1.000 me ha tocado a mí. Muahahahaha. Le he fastidiado todo el discurso y eso no podría hacerme más feliz. De más está decir que ha intentado sobornarme con todo tipo de golosinas y juguetes para que le dejase tomar el relevo este lunes pero le he dicho que naranjas de la China. Los lunes son míos desde siempre y, si se aprovecha de esa coyuntura para hacerme escribir siempre la primera entrada tras las vacaciones, pues ahora se fastidia y le robo el protagonismo (una vez más). Por aquí la tengo, intentando arrebatarme el portátil y gritando con voz lastimera “Déjame que agradezca a la gente, por lo menoooos”. Pero no, no pienso darle ese gusto.

Y yo no pienso agradecer nada, claro está. No ha llegado el día en que me doblegue ante un humano para agradecer, disculparme o pedir permiso. Hasta ahí podíamos llegar. Aparte, eso de darle importancia a los números es muy relativo. Sin ir más lejos, esta es la entrada número 222 de “Crónicas Felinas” ¿No os parece 222 un número mucho más bonito que 1.000? Sin comparación, vamos. Pero el asunto es que yo no le hubiese prestado ninguna atención a mi 222 si no fuera porque la bruja lleva un mes dando la barrila con su 1.000.

Seguro que se saca de la manga algún otro número simbólico para montar su show. A ver si tiene suerte y la 2.000 le toca a ella pero ya echaré yo mis cuentas para que me vuelva a tocar a mí, persuadiéndola para no escribir alguna, si fuera necesario.

De momento, la he dejado sin nada. Qué día tan glorioso.

Prrrrrr.

jueves, 17 de agosto de 2017

Vacaciones tranquilitas I: No empezamos tan tranquilitos

Relaxing cup of café con leche en Tenerife
Como ya viene siendo costumbre en este blog, comenzamos hoy con las crónicas vacacionales porque ya son un clásico.

Este viaje ha sido diferente a otros que os he relatado. ¿Por qué? Pues porque, sinceramente, estaba yo tan agotada que le dije al churri que pasaba de más viajes que consistieran en estar todo el santo día pateando ciudades y/o parques de atracciones. Que quería tumbarme a la bartola y descansar. No hacer nada. Que mi mayor estrés fuese elegir qué bikini ponerme o si bajar a la playa o a la piscina. Así que la elegida fue La Gomera y permitidme que os diga que, si buscáis un sitio donde disfrutar de paisajes preciosos y hacer el vago, este es vuestro sitio.

El primer día no es que haya sido muy relajado, la verdad, partiendo de la base de que tuvimos que levantarnos a las cuatro de la mañana porque el vuelo salía tempranito. Recuerdo que uno de mis primeros pensamientos fue que mandaba narices tener que madrugar más que un día de trabajo para irme a descansar pero en fin, todo esfuerzo tiene su recompensa.

Durante el trayecto al aeropuerto el pobre churri venía comentando que no se sentía bien del estómago y al final cayó rendido por culpa de un corte de digestión que empezó en el aeropuerto y no terminó hasta tocar suelo canario.

Recuerdo que estábamos en la puerta de embarque que nos habían asignado y allí ni aparecía nadie ni anunciaban en el panel sobre la puerta nuestro número de vuelo (ni ningún otro). Dado que en Barajas siempre dicen que no se avisa por megafonía y que hay que estar atento a los paneles, fui a dar una vuelta por ahí buscando paneles informativos pero a mí que me digan dónde están los dichosos panelitos en la T2 porque no vi ni uno. Al final le pregunté a la de la puerta de embarque de al lado, que llevaba horas llamando a pasajeros rezagados de un vuelo a Bilbao, y me dijo que habían cambiado la puerta de embarque y nos dirigimos a la que nos dijo la muchacha donde, esta vez sí, estaba puesto nuestro número de vuelo y había cola de gente para embarcar. Se ve que éramos los únicos pavos que no se habían enterado del cambio de puerta (ellos sí habrían encontrado los paneles misteriosos).

Con todo ese estrés acumulado nos subimos al avión pero creo que se me empezó a pasar cuando, al llegar al aeropuerto de Tenerife, tuvimos nuestra primera interacción humana con un canario; el chico de la agencia que tenía que llevarnos al puerto para coger el Ferry. Qué cosa más maja de muchacho, oye. El churri le preguntó si le daba tiempo a ir a comprar una botellita de agua y el muchacho dijo que sí, que habíamos llegado incluso antes de la hora y que así él aprovechaba para pedir un cafecito. El churri, que se vio en racha, le dijo “pues ya si nos podemos echar un cigarrito, sería estupendo” y el chico dijo que entonces comprábamos el agua, el café y nos fumábamos el cigarrito en el aparcamiento. No nos dejó pagar ni nuestra agua. Qué cosa más maja de muchacho. Durante la hora que duró el trayecto hasta el puerto, nos estuvo contando muchas cosas con ese acento tan divino que sólo los canarios tienen y nos recomendó esperar el Ferry cómodamente tomando un café en una terraza que está en la planta de arriba.

Dejamos las maletas en los carricoches de equipaje que suben posteriormente al Ferry y nos fuimos a la famosa cafetería. Al ver las vistas desde allí, se me pasó todo el estrés y creo que hasta el estómago del churri volvió un poco a su ser, pudiendo tomarse su cafecito. Aproveché para mandarle a mi madre la foto que ilustra el post (está sacada con el móvil en vertical, lo siento por eso y por el cubo de basura que se aprecia en primer plano pero aun así ni lo uno ni lo otro desmerece el paisaje).


Finalmente, embarcamos en el Ferry…

Vista del Puerto de los Cristianos desde el Ferry
El Puerto de Los Cristianos desde el Ferry

Vista del Puerto de los Cristianos
También el puerto, pero para el otro lado

Ferry a San Sebastián de La Gomera
Yo, meditando (o muerta de cansancio)

Vista de Tenerife desde el Ferry
Dejando Tenerife


Y, cuarenta minutos más tarde, habiendo visto delfines y todo, llegábamos a San Sebastián de la
Vista de San Sebastián de La Gomera desde el mar
Llegando a San Sebastián de la Gomera
Gomera donde otro taxista nada hablador nos llevó por una carreterita llena de curvas hasta Playa Santiago, que era nuestro destino final. El pobre churri durmió toda la tarde mientras yo deshacía el equipaje y nos dedicamos a descansar. No habíamos empezado con muy buen pie pero yo estaba segura de que al día siguiente todo mejoraría.

Y así fue, palabrita de Álter.