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jueves, 30 de junio de 2016

La reencarnación

Hay veces en que me planteo qué pasaría si realmente existiese la reencarnación. Porque yo soy así, muy de plantearme cosas que no me llevan a ninguna parte.

Por un lado, me pregunto por qué será que cuando a una persona le dicen que es la reencarnación de otra, resulta que en su vida anterior siempre fue Cleopatra o Atila, el Rey de los Hunos (y de los Hotros). Nunca te dicen “Pues oye, fuiste un pobre hombre que se deslomó a trabajar en algo que no le gustaba y que pasó por la vida sin pena ni gloria”. No, parece que sólo se reencarna la gente que ha sido poderosa. Y digo yo que, si tan poderoso eras en tu vida anterior, a santo de qué te reencarnas en un mindundi. ¿Es para expiar tus pecados de vanidad y descubrir qué se siente siendo un Don Nadie? Porque anda que no me fastidiaría haber tenido una vida de lujo y confort o haber sido seguida por masas enfervorizadas y de repente verme en una oficina pasando el tiempo entre hojas de cálculo y cafés artificiales fabricados a base de polvillos de dudosa procedencia.

Y luego está la reencarnación animal. Por un lado, la perspectiva de reencarnarme en gato casero me pierde. Eso de poder hacer el vago todo el día, calentita en casa aunque en la calle estén cayendo chuzos de punta y que me den de comer y me mimoseen para mí es el no va más de la evolución pero pregunto yo ¿eso se puede elegir o te toca lo que te toca? Porque, con la suerte que tengo en los juegos de azar ya me veo yo reencarnada en cucaracha y sintiendo asco de mí misma. ¿Qué méritos hay que hacer en la vida para ser un gato casero? Porque, si te reencarnas en lo opuesto a lo que eras, pienso convertirme en un ser hiperactivo y workaholic, que bien vale la pena el esfuerzo si luego voy poder disfrutar de una larga vida de tener esclavos humanos. Si, por el contrario, te reencarnas en un ser parecido a lo que fuiste en tu vida humana, pues diría que voy por buen camino. No hay nada que me guste más que tumbarme en el sofá y esperar a que me traigan las cosas. Si por mí fuera, hasta que me dieran de comer en la boca, oye. Pena que no lo consigo nunca y no pasa de ser una mera ensoñación, porque luego veo las cosas sin hacer, me desespero y termino haciéndolo yo. Así no hay manera de sumar puntos en el carnet reencarnatorio.

Así que tengo que enterarme como sea de cómo va el asunto con el tema de las reencarnaciones, no sea cosa que al final sea yo la pardilla que se quede con el peldaño más bajo de la cadena evolutiva. ¿Existe alguna asociación que asesore en esta materia? ¿Algún cursillo online para asegurarse una reencarnación feliz?

Me tiene preocupada el tema.

miércoles, 29 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXX: Con ojos rojos sois despojos

Creo que de estos ya hablé alguna vez. Eran los que clasificaban el enrojecimiento de los ojos como “rojo ordenador”, “rojo humo” y ese tipo de cosas.

Y los podría haber dejado ya en paz pero es que se superan día a día y, de paso, me superan a mí. Ahora el protagonista del anuncio ha dejado de ser una persona de carne y hueso para pasar a ser un ojo. Sí, un ojo. Simplemente un ojo gigante con brazos y piernas que da mucha grima.

El ojo en cuestión está delante del ordenador cuando entra una videollamada. Resulta que está rojo, oh, pobrecito. La voz en off nos pone en situación haciéndonos imaginar que tenemos los ojos rojos y justo nos llama nuestra nueva novia. ¡Tragedia, tragedia! ¿Quién no ha dejado a una pareja por tener los ojos rojos? El ojo se echa unas gotitas del maravilloso líquido anunciante y, al atender la llamada, su supuesta novia (¿deberíamos llamarla “la oja”?) elogia lo fantástico que luce. Claro, cuando sólo eres un ojo con patas pues lo mismo se nota la diferencia pero, digo yo, ¿qué clase de cámara de súper mega ultra alta definición tienes que tener para que se te note el rojo de los ojos en una videollamada? Porque yo, que skypeo semanalmente con su madre, hay veces que hasta la veo con poco color porque el día allende los mares se presenta nublado, así que si tengo que estar haciendo ejercicios de imaginación para saber de qué color lleva el jersey, imaginaos para ver si tiene los ojos rojos. Por tanto, el problema se puede resolver fácilmente bajando las luces de la habitación donde estéis. Disimuláis el rojo de los ojos al tiempo que os rodeáis de un halo de misterio, que siempre es de gran utilidad a la hora de la conquista.

Por otra parte, me pregunto qué clase de ser superficial abandona al hombre, mujer u ojo de sus sueños por una irritación o un enrojecimiento. Eso es que ya te querían dejar y estaban buscando una excusa, aunque más no sea alegar que tienes los ojos rojos. Me imagino a alguien diciendo que abandonó a Johnny Depp porque tenía los ojos rojos. No cuela. Eso es que algo más le viste y no tuviste lo que hay que tener para admitir el verdadero motivo del abandono porque, a ver, si no, si vas a estar soportando a alguien que te pone los cuernos o que te llama veintisiete veces al día para ver qué te has puesto, qué has comido y qué piensas hacer en los próximos cinco minutos simplemente porque tiene los ojos libres de enrojecimiento. “Es un ser abyecto pero el blanco de sus ojos es impecable”. Claro.

No sé en qué mundo viven los anunciantes de este colirio, donde mantener el blanco de tus ojos es de vital importancia para la supervivencia social y que tus semejantes no te traten como a un apestado, condenándote al ostracismo y la marginación. 

lunes, 27 de junio de 2016

Crónicas Felinas CLXXXII: Operación bikini

Marrameowww!!!

Seguimos con temas alimentarios. Últimamente parece que lo que más preocupa en esta casa es si comemos o no comemos.

Como os decía en mi anterior entrada, yo en verano como menos pero Munchkin no. Él come en ingentes cantidades haga frío, calor o en medio de un huracán. No se pueden dejar cosas de cartón o papel a su alcance porque también se las come. Es como una cabra pero sin los ojos diabólicos.

Hace un tiempo os comentaba que el veterinario les había mandado a nuestros humanos que le bajasen la ración de pienso porque su bolsa primordial tenía el tamaño de un saco de carbonero (me refiero a la bolsa primordial de Munchkin, aunque los humanos también deberían mirarse un poco la suya). Resulta que, meses más tarde, no ha bajado un gramo y pesa la vergonzante cifra de 5 kilos y medio. Ya está en el mismo peso que tenía Luhay, quien se ganó el apelativo de “El Gordi” pese a que era de constitución más grande que Munchkin, como buen gato serrano que era.

A todo esto, la feliz noticia se la dieron el día que lo llevaron a pincharse el antiparasitario, lo cual lo deja nerviosito perdido durante todo el día y anda por la casa maullando sin ton ni son.

Así que el veterinario ha decidido tomar medidas más drásticas y le han puesto pienso de dieta. Dieta para él, no para el bolsillo de los humanos, que casi sufren un infarto al enterarse del precio de la comida “light” del imberbe. La idea inicial es hacerle perder medio kilo en un principio y luego ya se verá. Se ve que, pese a que la cantidad en gramos que le dan ahora es superior a la que comía con el pienso anterior, el niñato está pasando más hambre que el perro de un ciego porque no hace más que pedir comida a todas horas. Los humanos ajenos a sus súplicas, lo ignoran completamente y le dicen cosas tan tiernas como “no te podemos dar más porque estás gordito”. No sé si la operación bikini dará algún resultado porque en el paquete viene la cantidad de gramos que hay que dar según cuánto quieres que pese el gato (nos manipulan el peso como a las modelos de alta costura) pero no se toma como referencia el peso inicial, por lo que no están muy convencidos de que el método vaya a ser muy efectivo. Lo mismo le tienen que dar menos y entonces ya tendremos orquesta de maullidos lastimeros día y noche. En el fondo compadezco lo que tendrán que soportar los humanos.

Definitivamente, no es la mejor época de Munchkin. Le pinchan porque se niega a tomarse la pastillita y, ya de paso, lo ponen a dieta. No fue lo que se dice un día ideal para él pero yo no puedo evitar partirme de risa cuando lo veo corriendo mientras sus chichotas se menean.

Que lo dejen así, que está muy gracioso.

Prrrrrr.

jueves, 23 de junio de 2016

Señales

Vaya por delante que no me considero una persona supersticiosa. Al menos, no extremadamente supersticiosa, aunque tengo mis cosillas, como no pasar por debajo de una escalera (esto creo que es más por miedo a que me caiga un bote de pintura o un cascote en la cabeza más que por superstición, que bien dicen que mujer prevenida vale por dos), no dejar las tijeras abiertas o echarme la sal por encima del hombro si se vuelca. Al final, lo mismo, un poco supersticiosa sí que soy.

Pero bueno, la historia que vengo a relatar tal vez no tenga tanto que ver con la superstición sino con el hecho de si se cree o no en las señales. Me refiero a las señales cósmicas, claro, no a las de tráfico, que en esas más nos vale creer si no queremos tener un disgusto. Yo, en lo personal, no suelo creer en las señales y siempre he sido de la idea de que, cuando una persona quiere ver señales, las va a ver por todas partes.

El caso es que este año decidí comprar el cupón de la ONCE para el sorteo del día de la madre, que nunca se sabe cuándo la suerte puede estar de mi lado y así  poder pasarme el resto de mis días tumbada en la playa bebiendo cocolocos. Sí, mi sueño es convertirme en una vaga alcohólica; cada cual con sus aspiraciones.

Antes de comprarlo, iba yo un día caminito del trabajo soñando con mi futuro enriquecimiento y posterior cirrosis cuando, en el trocito ese de arena que suele haber al pie de los árboles que adornan nuestras calles, veo, entre otro montón de porquerías, un naipe. Me pareció curioso encontrarme un naipe tirado en la calle (aunque no tan curioso como la vez que encontré una paloma con cascabel).



Vete a saber qué azaroso destino condujo el naipe hasta allí y, como justamente mis pensamientos versaban sobre el azar, me fijé en que se trataba de un seis de tréboles. Con aquello que dicen de que los tréboles dan suerte me dije “pues en seis va a terminar el cupón que me compre”.

Así lo hice y, curiosamente, en seis terminó. No acerté con ninguno de los otros cuatro dígitos pero igual me dio subidón. Tendría que haber seguido buscando naipes por la calle, a ver si en una de esas daba con la combinación correcta. Lo malo hubiese sido si daba con una figura.

Aproveché el reintegro para canjearlo por un cuponazo y un sueldazo pero ahí ya no me tocó nada porque no recibí más señales del más allá. Debo haberme quedado fuera de cobertura o algo. Por lo menos me consuela saber que mi dinerito fue destinado a una buena obra, aunque los cocolocos deban esperar.

¿Creéis en las señales del destino? ¿Las cosas que nos pasan son casuales o causales? ¿Os habéis encontrado naipes tirados por la calle? ¿Y alguna otra cosa rara? Abiertos quedan el debate y la polémica. 

miércoles, 22 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXIX: ¡Ding!

Anusca me comentó este anuncio el otro día y, si bien confieso que lo había visto, se ve que me pilló en un momento en que estaba con el radar de las pesadillas apagado porque no le había prestado yo demasiada atención. Tras un segundo visionado debo coincidir con ella en que estamos ante una nueva joya de los anuncios pesadillescos. Debo de estar perdiendo facultades, porque no alcanzo a comprender cómo casi se me escapa esta maravilla. Una vez más, gracias, Anusca, por haberme permitido contemplar esta obra maestra.

Estamos en un pueblo del lejano Oeste (o de Almería, mismamente, que no es tan lejana). Dos vaqueros se miran con cara de malas pulgas mientras el sepulturero del pueblo coloca tablones en un ataúd. Uno de los vaqueros escupe en el suelo. Qué cosa que me da asquito, venga de un rudo vaquero o de quien venga, en serio, qué costumbre más insana. Habría que multar a cuanto individuo se dedique a hacer estas porquerías en la vía pública.

Al ver que uno de los vaqueros se dispone a desenfundar su pistola, el sepulturero pone cara de susto. Desconozco por qué motivo, ya que en su caso un duelo significa negocio, por lo que más bien debería estar contento ante la perspectiva de tener un nuevo cliente a la vista. A lo mejor es que es un vago y no tiene ganas de trabajar, con el calor que hace en esos pueblos del lejano Oeste.

La tensión se puede cortar con un cuchillo. Las miradas de odio se cruzan sin piedad y, de repente, uno de los vaqueros empieza a dar vueltas sobre sí mismo, como la bailarina de una cajita de música, al tiempo que emite como un mantra un sonidito de “Ahhhhhhhh”, ante la cara de estupor del otro vaquero y del sepulturero, que se ve que ha perdido la ilusión de enterrar a alguien y piensa que le hubiera salido más rentable ser el dueño del manicomio del pueblo. Cuando por fin termina de dar vueltas dice “Ding”.

Nosotros, simples espectadores, nos quedamos con la misma cara de desconcierto que los protagonistas del anuncio, esperando a ver qué es lo que sucederá a continuación, pero no sucede nada. La escena termina y vemos a un chico sacando un vasito de arroz del microondas, quien se lo zampa mientras ve a los vaqueros por la tele. Todo muy lógico y muy normal. Me extraña que no hayan sacado una serie de anuncios donde pudiésemos ver a Rocky dando vueltecitas en el ring de combate, o a Escarlata O´Hara girando y girando con el rábano en la mano a la espera de poder gritar aquello de “A Dios pongo por testigo” (eso sí, no antes de haber emitido su conveniente “Ding”). Se podría crear toda una saga de grandes clásicos del cine convertidos en odas a los vasitos de arroz.

Ya que nos ponemos a hacer el ganso para vender un arroz instantáneo, pues nos ponemos en condiciones. 

lunes, 20 de junio de 2016

Crónicas Felinas CLXXXI: A mis pies

Marrameowww!!!

Como os comentaba la semana pasada, con esto de los calores estoy comiendo menos. Y los humanos saben que esta situación se repite verano tras verano pero, como son un poco cortos de luces, también verano tras verano se preocupan por si estaré comiendo suficiente.

Esto me viene de perlas para fastidiar porque, al ver que andan todo el día persiguiéndome, plato en ristre, puedo aprovechar la coyuntura para hacerme el interesante (aún más). El otro día, sin ir más lejos, la bruja tenía que salir a hacer un recado y me dijo “a ver si comes algo antes de que me vaya”, por lo que me puso el plato de comida en el salón. Yo comí dos granos y pasé de ella. La bruja guardó el plato con un suspiro y, cuando salió al pasillo, yo me planté delante de la habitación del ordenador, que es uno de mis lugares preferidos para comer. La bruja dijo “ah, ¿que quieres comer ahí?” y, acto seguido, fue a buscar el plato y ahí me dejó comiendo mientras ella terminaba de arreglarse. Cuando volvió yo ya no estaba comiendo, sino que me dedicaba a ver qué podía romper. En esa habitación siempre hay un montón de cosas entretenidas que mordisquear y/o tirar al suelo y es por ese motivo que no nos suelen dejar estar ahí sin vigilancia pero, ante la  perspectiva de que yo pudiera comer algo, la bruja había decidido saltarse la norma.

Pues bien, la bruja recogió el plato y se disponía a guardarlo cuando, al pasar por el baño, empiezo a hacer patitas en la puerta para que me abra. La bruja pensó que quería beber agua del grifo de la bañera, que es otra de mis grandes aficiones pero, según abrió la llave, yo empecé a restregarme contra sus piernas sin hacer ni caso de la cascada que se precipitaba hacia el vacío (bueno, hacia el vacío no, más bien hacia el sumidero), por lo que la bruja comprendió que no quería agua. Quería que me volviera a poner el platito pero, esta vez en el baño. Los suspiros de la bruja ya habían dejado de ser suspiros hacía rato y se habían convertido más bien en gruñidos y expresiones tales como “pero mira que eres pesado y caprichoso; malcriado es lo que te tenemos; muy malcriado”. Mucho protestar pero ahí se quedó esperando a que yo terminara de comer otro poco.

Otra técnica infalible es no moverme de la cestita y esperar a que venga la bruja a darme de comer en la boquita con la mano. Pocas cosas he visto más humillantes hacia una persona desde los tiempos en que los esclavos lavaban los pies de sus amos. No hay más que verla soportando el dolor de riñones, acuclillada frente a mi cesta, como quien adora a una deidad, ofreciéndome manjares directamente en la boca.

Esto de tener a la bruja a mi merced poniéndome el plato donde yo exijo es de lo más divertido.

Prrrrrr.

jueves, 16 de junio de 2016

Dos días con el Pájaro Loco III

Diciendo adiós a Woody
Bueno, pues hoy os relato lo que aconteció el segundo y último día que pasamos en Port Aventura. Luego de un maravilloso desayuno que nos trajeron puntualmente a la habitación y de una duchita porque la higiene es fundamental, dejamos nuestra maleta en consigna y nos dispusimos a disfrutar del segundo día (algo menos de un día, en realidad, ya que nos teníamos que ir sobre las cuatro y media para pillar el tren de vuelta).

El churri llevaba desde el día anterior diciendo que quería ir al espectáculo de Can Can del Far West y, como yo ya había tenido mi ración de samoano el día anterior, me pareció justo. Así que el plan era llegar, esperar al churri a que se montara en el Furius Baco, al que no había podido montar el día anterior y tomar el trenecito que va directamente de Mediterránea a Far West para ver a las del Can Can y montar en las atracciones que nos faltaban por aquella zona.

Mientras esperaba a que el churri dejara de dar vueltas cual peonza en el Furius Baco sucedieron dos cosas:

1) Vi a una madre colocando la gorra a su hijo de tal manera que pareciera más alto para que pudiera montar en esta atracción. No seré yo quien se meta en cómo cría una madre a su hijo pero os juro que se me pusieron los pelos como escarpias. Las alturas mínimas no son un capricho discriminatorio contra la gente bajita. Están puestas por seguridad. Sinceramente, no me entra en la cabeza poner en juego la seguridad de tu hijo sólo por darle el gusto de que se suba ahí. Ya tendrá tiempo cuando crezca.

Una alegoría de la trampa que nos esperaba
2) En los paneles donde indican los tiempos de cola para algunas atracciones, vi que en la Polynesia había una montaña rusa virtual de Ice Age sin espera, así que, una vez que el churri bajó del Furius Baco, le dije que podríamos ir y luego ya tirar para el Far West. He aquí un Álterconsejo: No vayáis. Es una trampa. Cierto es que no hay cola para entrar pero primero te meten en una sala donde te chutan diez minutos de publicidad del parque y luego, cuando ya vas a entrar, otros veinte minutos de escenas de la película. Cuando ya por fin entras, os diré que no es para tanto. He montado en montañas rusas virtuales mucho más curradas que ésta. El movimiento al que te someten no tiene mucho sentido con respecto a las imágenes que proyectan y no da mucha emoción. Podéis pasar del tema, si os interesa mi opinión. Lo divertido fue que, al salir, al churri le tocó ser el primero y, en vez de estar bien señalizada la salida, puedes optar por ir hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo creía que era hacia la izquierda pero, como el churri tiene mejor orientación que yo y tiró hacia la derecha, le seguí. Y también le siguieron las otras treinta personas que había en la sala. En conclusión, terminamos todos otra vez en la entrada y la liamos parda. Me chifla dar el cante.

Yo, con cara de culpable como el bicharraco
El caso es que al final se nos hizo tarde para ver a las del Can Can y yo me sentía de lo más culpable. Al final, el churri me dijo que dejara de darle vueltas al tema y que disfrutara. Cogimos el famoso trenecito y llegamos al Far West, donde montamos en los coches de choque (donde yo siempre me llevo algún golpe contra el carrito pero que al churri le encantan), en los barriles que dan vueltas y vueltas y yo siempre acabo mareada, en los rápidos donde nos volvimos a mojar y en Stampida, que es una montaña rusa de madera que traquetea bastante pero que es muy divertida.

Pasando por México, montamos en el tren del Diablo, que es un acelerador bastante chulo y dirigimos nuestros pasos hacia China, donde el churri por fin se montó en el Dragon Kahn, donde a mí no me suben ni encadenada. He de decir que al llegar a China tuve un momento de iluminación y le dije al churri que, si nos dábamos prisa, llegábamos a tiempo de ver el espectáculo de las pompas de jabón. Así que corrimos y sí, lo vimos. Hay que decir que es un show muy bonito y me sentí un poco menos culpable por haber dejado al churri sin ver a sus cabareteras revoleando la pata.

Los de Renfe podrían ser así
Y ya nos fuimos a comer porque aún tocaba volver a por la maleta e ir a tomar el tren. Os voy a dar
otro Álterconsejo (hoy estoy que lo tiro). En la zona Mediterránea hay un restaurante que se llama Racó de Mar. Es a la carta y te sirven en la mesa. Tienen un menú que, si bien no es barato, está muy rico y apenas cuesta unos cuatro euros más que los menús de hamburguesa recocinada de otros sitios, donde encima tienes que llevarte tú la bandejita, así que creo que vale la pena pagar esa diferencia.

Y ya con la pancita llena nos fuimos a recoger la maleta y a tomar el tren.  Llegamos a la estación demasiado pronto y encima el tren llegó con retraso, así que podríamos haber aprovechado un poco más en el parque pero somos un poco agonías.

Pues hasta aquí mi crónica. Esta entrega me ha quedado larguísima pero cuatro entradas para dos días de parque ya era como para que me mandaseis a freír espárragos. 

miércoles, 15 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXIX: ¿Qué saben las vacas?

El que hoy nos ocupa versa sobre una bebida de estas que se supone que suben las defensas y te ayudan a estar todo el día a tope de energía sin temor a los virus ni a los bajones. En sus anuncios antes había simpáticas abuelillas pero se ve que ese mercado ya está saturado y han decidido ampliar horizontes y focalizar el target de ventas en el medio rural.

Es muy temprano en la granja (o eso suponemos) y oímos el canto de un gallo. Luego descubrimos que en realidad no es el gallo quien canta sino el propio despertador, al que le podrían haber puesto un soniquete un poco más agradable para ayudar a un despertar pacífico.

El marido apaga el despertador-gallo y, una vez en la cocina, se bebe un invento de estos mientras su mujer lo contempla con cara de estupor tomándose su café en la mesa, como se ha hecho toda la vida de Dios, que se ve que estos ingenios modernos no van con ella. El granjero se calza unas botas de agua y, pese a las inclemencias del tiempo, se dispone a realizar sus tareas al ritmo de “Walk this way”. Se pone a soldar una valla (yo no manejaría aparatos eléctricos bajo la lluvia por aquello de las descargas pero podéis llamarme maniática si queréis) ante la impasible mirada de una vaca (las vacas deberían ser agentes secretos, no hay nada que altere su semblante, así que supongo que deben saber algo que nosotros desconocemos; la dominación del mundo está en manos del ganado bovino y, si no, al tiempo); retira ramas de un riachuelo; finge que toca la guitarra con un rastrillo en mitad del gallinero y bailotea con un cubo en la porqueriza, donde, dejándose llevar por la emoción, se desliza por el barro sobre sus rodillas para darle un biberón a un cerdito que hay que reconocer que es una auténtica monada (admito que no pude evitar un “ohhhhh”), mientras un vecino en bata que desconocemos de dónde ha salido, le aplaude desde el otro lado de la valla.

Revolea las mangueras al limpiar el suelo y hasta pinta un mural en el garaje donde inmortaliza a la familia entera: Él mismo, su mujer, el gallo, las gallinas y la vaca que tanto sabe. Corregidme si me equivoco pero creo que los pobres cerdos han quedado fuera de esta maravilla pictórica.

Del remozado garaje sale nuestro afable e hiperactivo granjero al volante de un tractor decorado con luces de neón y se va en su cani-tractor por los caminos. No sabemos muy bien a hacer qué pero supongo que aún tendrá muchas tareas que no quiere postergar pese a que ya se está haciendo de noche.

Y todo esto con una minibotellita de estas. Voy a tener que probarlas, sobre todo porque necesitaré energía para la ardua tarea de investigación que va a suponer desvelar el secreto oculto de las vacas.

No dejaré a mi público con esta incógnita.

lunes, 13 de junio de 2016

Crónicas Felinas CLXXX: El caloret

Marrameowww!!!

Ha llegado el calor. Así, de repente. A traición. Sin avisar ni nada, como cuando llegan las tías del pueblo (para quien tenga tías en el pueblo). Y nos ha pillado con todo el pelaje de invierno adherido al cuerpo, lo que provoca que estemos todo el día arrastrándonos por el suelo cual babosas. Intentad dormir con un abrigo de pieles y ya me contáis qué tal se pasa.

Los humanos nos han cepillado en un par de ocasiones para que vayamos soltando pelambrera pero a este proceso hay que echarle paciencia. Munchkin lo tiene más fácil porque es de pelo más bien corto pero yo tengo el pelo más larguito y en invierno echo una melena considerable. Hasta me sale una elegante bufanda alrededor del cuello que ahora me trae por la calle de la amargura.

El consorte tampoco lo está pasando bien porque es de naturaleza peluda, como nosotros. La bruja, que es muy rara, está en su salsa y la veo más feliz que nunca. Ella apenas tiene pelos y, encima, no suda. Es la cosa más extraña del universo. Bueno, los gatos tampoco sudamos pero eso es porque somos seres elegantes que no vamos a andar haciendo esas porquerías. En los humanos, lo normal es sudar. Una costumbre bastante asquerosita que tenéis, si se me permite la opinión pero hay que aprender a convivir con vosotros así. La rara es ella, que no suda y con treinta grados dentro de casa está feliz y hasta se pone unos calcetines en los pies porque dice que, si no, se le enfrían. Cada día se me asemeja más a un reptil. Aguanta altas temperaturas, no suda y es mala y venenosa. Una víbora con todas las de la ley.

Dicen que esta semana va a llover y las temperaturas van a bajar a máximas de unos 22 grados y ella ya se anda lamentando que qué pena, con lo a gustito que se estaba. La madre que la trajo. Si con deciros que yo hasta estoy comiendo menos porque mi cuerpo no necesita tantas calorías, os lo digo todo. Munchkin come lo mismo de siempre pero se ve que a él de pequeño le inculcaron muy bien aquello de que no hay que dejar comida en el plato y se termina hasta la última miga, aunque luego ande arrastrándose por los suelos. El otro día, en un despiste de la bruja, hasta se comió la parte de ración que me había quedado a mí después de comerse la suya. Él dice que no es gula, sino puro instinto de supervivencia y que, en caso de apocalipsis, vivirían para contar el cuento las cucarachas y él, que tiene reservas de sobra.

Pues no sé yo si me haría a mí mucha gracia ser un superviviente a costa de ir agitando la bolsa primordial a cada paso que doy. Prefiero que se me recuerde como alguien comedido y fino y no como un tragaldabas.

Pero eso va en  gustos, claro.

Prrrrrr.

jueves, 9 de junio de 2016

Dos días con el Pájaro Loco II

Yo, haciendo el pánfilo en el cementerio indio
Pues seguimos relatando el primer día en Port Aventura. Una vez que dejamos de hacer el chorra en la Polinesia, dirigimos nuestros pasos a México, donde hay unas cuantas atracciones que están muy bien. La primera en la que posamos nuestros piececillos fue “El Secreto de los Mayas”, que es un laberinto de espejos donde reconozco que me agobié un poco porque mi sentido de la orientación es más bien nulo y pensé que no iba a salir de ahí en la vida. Por fin, gracias al churri, dimos con la salida. De no ser por él, yo aún estaría dando vueltas ahí dentro, convertida en parte de la ambientación. Como dato curioso, os comento que antes de entrar te dan unos guantecitos de plástico para que no llenes de dedazos los espejos, con el trabajo (y el mareo) que tiene que suponer limpiar eso.
 
Desde ahí arriba nos tiraron
Justo al lado del laberinto este está el Hurakán Cóndor. Es una lanzadera, de las de toda la vida. Yo estaba un poco reacia a subir, por lo que el churri me dijo que, si quería, me lo pensara para el día siguiente, a lo que respondí “¿Por qué?¿Mañana va a ser más baja?”. Así que para adentro, con un par. Confieso que en el momento en que me senté en aquello (es como una silla de montar para ir con las patitas colgando y hay que decir que es de las cosas más incómodas en las que me he subido en mi vida) pensé para mí misma “¿qué narices hago aquí?”. Pero el mal ya estaba hecho, así que aguanté estoicamente los cien metros de subida (más o menos a la mitad te paran, para que creas que has llegado pero nooooo, aún te falta un trecho). Cuando ya ves a la gente de abajo como hormigas y ves aparecer las cámaras, ese es el momento en que te van a soltar. Intenté mantener la compostura porque ya estaba harta de salir con cara de terror en todas las atracciones y he de decir que lo conseguí bastante bien. Las divas somos así. Y nos soltaron. No me dio tiempo a gritar porque la caída dura unos tres segundos aproximadamente pero recuperé el tembleque de manos y piernas del que tanto me había costado deshacerme tras el Shambhala.

El Far West
Nos dirigimos a la zona del Far West y nos volvimos a mojar en el Silver River Flume, donde ya no perdimos nada más (más que nada porque el churri ya no tenía gorra). Fuimos a comer algo (no muy delicioso y a precio de oro, como suele suceder en los parques) y vimos el espectáculo “Bang Bang West”, que es un show de especialistas. Está muy divertido pero, aunque las comparaciones son odiosas, tengo que decir que me pareció mejor el del Parque Warner. Como ya habíamos tenido suficientes emociones por un día, nos dedicamos a dar un paseíto y nos encaminamos nuevamente hacia Mediterránea para ver el desfile de cierre y ya poder ver el resto con tranquilidad al día siguiente.
 
El Pájaro Loco, en todo su esplendor
He de decir que me repatea mucho la gente que se cuela en medio de los desfiles en los parques de atracciones. Me refiero a los ansiosos que tienen que ir a algún sitio y cruzan por todo el medio de los que está desfilando. En serio, me parece una falta de respeto tremenda hacia el trabajo de la gente. Lo bueno es que volví a ver a mi querido samoano.

Y ya cansados, pero felices, nos fuimos al hotel a descansar un rato y después a cenar. A la vuelta me metí en la bañera de hidromasaje, que fue gloria bendita para mi maltrecho cuerpecillo. Y a dormir, que al día siguiente todavía nos esperaban más cosas.

La semana que viene es la última parte. Palabrita.

miércoles, 8 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXVIII: En mi oficina no pasan estas cosas

Si bien hoy nos vamos a centrar en uno, debo aclarar que se trata de una serie de anuncios, a cual más absurdo. Elijo el que más ridículo me ha parecido pero sois libres de bucear en las profundidades de Internet para encontrar el resto de la saga (si mis fuentes no me fallan, creo que se trata de una trilogía que ni El Señor de los Anillos sería capaz de superar).

Vemos una reunión de empresa, de estas tan divertidas y a las que, por suerte, nunca tengo que asistir, donde uno de los integrantes va a contar al resto las previsiones de ventas; tema fascinante donde los haya. Todos miran con sumo interés al ponente porque la temática así lo merece pero, por estos misterios insondables del mundo de la informática, el monitor donde debe recibirse la información, parece no estar recibiendo señal. De debajo de la mesa emerge un técnico, con un par de cables en la mano, pidiendo disculpas y alegando que necesita un minuto.

Los asistentes a la reunión ven el cielo abierto al escuchar esa frase y, también de debajo de la mesa (me gustaría echar un vistazo a ver qué más tienen ahí), extraen una cantidad de objetos estropeados de lo más variopintos y se dedican a pegarlos con pegamento extra fuerte que, al parecer, seca en un minuto. Eso sí que es saber aprovechar el tiempo, aunque digo yo que tendrían que aprovecharlo para hacer cosas de su trabajo, en lugar de estar pegoteando un caballito de madera, una bota de cowboy, un radiocassette ochentero que a estas alturas debería estar en un museo, una guitarra y, lo más alarmante, un megáfono. ¿Esta gente irá a trabajar en coche o en metro? Porque yo llego a ver en el metro a un hombre de cincuenta años con un radiocassette ochentero en el metro y el temita me daría para estar twitteando todo el santo día.

Por otra parte, si alguien se lleva un megáfono para reparar en la oficina es, a todas luces, un subversivo que quiere encabezar una protesta en la puerta de la empresa. Deberían vigilarlo de cerca, que tiene pinta de querer iniciar una rebelión y morder la mano que le da de comer.

Aunque, pensándolo bien, creo que el revolucionario entraña menos peligro que el del caballito de madera. ¿Acaso piensa sustituir su silla de oficina por un balancín y realizar las gestiones subido en eso? Una cosa es ser un Che Guevara en potencia y otra cosa es sufrir una regresión a la infancia y trabajar sentado en un caballito de madera, aunque lo mismo es una empresa de estas modernas donde los empleados pueden dar saltitos en pelotas de goma gigantes para liberar estrés y que las ideas fluyan libremente. Tal vez ellos prefieran los balancines a las pelotas de goma porque son muy vintage y muy hípsters todos.

En esto está quedando el serio mundo empresarial. No me extraña que seamos el hazmerreír de Europa.

lunes, 6 de junio de 2016

Crónicas Felinas CLXXIX: “Las bolitas” o “Dramas cotidianos de la bruja”

Marrameowww!!!

Suelen decir que los gatos somos de aficiones simples. Que con cualquier cosita se nos tiene entretenidos, como una pelotita, una bola de papel o cualquier otro elemento que en un momento dado pueda llegar a hacernos gracia.

Y no diré yo que no sea cierto pero, cuanto más observo a mis humanos, más compruebo que tampoco es que ellos sean el colmo de la sofisticación en lo que a actividades lúdicas se refiere. El consorte, por norma general, cualquier momento de ocio que pasa en casa es para jugar a jueguecitos donde tiene que acabar con terribles seres de fantasía.

La bruja, como se cree eso de que es blogger, entre semana suele aparcar los entretenimientos para dedicarse a responder comentarios, visitar blogs y otras cosas que yo no hago porque a mí no me hace falta fidelizar público. Yo ya os tengo sometidos aunque luego nunca os visite ni nada. Ella nunca será una blogstar y no, no me da pena.

Pero el fin de semana, con eso de que la actividad blogueril decae, también se dedica a tareas de lo más absurdas, como ver capítulos y capítulos de una serie donde una endemoniada lucha para que el maligno no la acabe poseyendo del todo mientras una panda de colgados, entre los que se encuentra un hombre lobo y uno que resucita muertos, se supone que la ayudan.

Para que la bruja no acapare el sofá toda la noche y el consorte pueda descansar de matar elfos oscuros (en qué manos he caído, señor), éste le regala a aquélla juegos de los que le gustan a ella, que consisten en cosas con las que comerse el tarro y acabar de los nervios porque unas bolitas no quedan en la posición en la que se supone que deberían quedar para que así se abra una puerta, con lo fácil que ha sido siempre abrir puertas con una llave o maullando para que te dejen entrar o salir. No os miento. El sábado pasado, sin ir más lejos, estuvo peleándose con unas bolitas de colores hasta las cuatro de la mañana (mientras nosotros dormíamos a pierna suelta, ajenos al terrible drama que suponía su frustración) y al final lo dejó para el domingo, porque no era capaz de colocar las bolitas en su sitio y todo su dilema era “Podría saltarme el puzzle pero entonces pierdo el logro de no haberme saltado ninguno”. Esas son sus metas en la vida. Luego se sorprenderá de por qué no asciende en su vida laboral para comprarnos a nosotros cosas más caras. ¿Se piensa que nosotros vamos a estar contentos teniendo una humana que sabe colocar las bolitas rojas y las bolitas moradas cada una en su sitio? ¿Se puede tener el encefalograma más plano? Es que de verdad que me indigno. Una ameba tiene más vida que esta loca.

Y luego anda diciendo por ahí que qué graciosos somos, que hay que ver con qué cosas más sencillas nos entretenemos.

Manda narices.

Prrrrrr.

jueves, 2 de junio de 2016

Dos días con el Pájaro Loco I

Homenajeando a Woody
Hoy vengo a relatar mi experiencia vacacional que, si bien fue breve, hay que decir que fue intensa. Va a ser larguito y lo voy a dividir en dos posts (o quizás tres). El que avisa no es traidor.

No sé si recordaréis que el año pasado el churri me llevó al Parque Warner como regalo de cumpleaños. Os refresco la memoria aquí.

Pues bien, este año decidió ampliar horizontes y me llevó a Port Aventura a pasar dos días maravillosos (en serio, si algún día me toca la lotería pienso hacer un tour mundial saltando de parque de atracciones en parque de atracciones. Soy una niña, sí).

De más está decir que me lo pasé como una enana. Una vez que dejamos la maleta en el hotel tomamos un trenecito que nos llevó a la entrada del parque y, a partir de ahí, todo fue risa y algarabía. Empezamos dando un paseíto por la zona de Mediterránea y Polinesia. En Mediterránea íbamos a subir al Furius Baco pero justo cuando íbamos a la cola dijeron que la tenían que cerrar un momento. Ahora pienso que eso fue obra del destino porque el churri me engañó vilmente. Os cuento: No tengo problemas ni con la velocidad ni con las caídas (aunque paso un miedo terrible pero lo hago porque, en el fondo, me divierte) pero no soporto que me pongan cabeza abajo. Yo había dicho que no quería subir al Furius Baco y el churri me dice “ay, si es un acelerador, eso no tiene nada”, por lo que yo ya iba para adentro. Menos mal que más tarde lo vi funcionar y vi que te daban como tres vueltas de tornillo. Por tanto, ahí sólo subió el churri el segundo día. Yo lo esperé fuera como una cobarde. Si os sirve su opinión, el churri dice que no es una atracción cómoda y que es tan rápida que no te da tiempo a disfrutar.

En Polinesia el churri quería subir al Tutuki Splash, que es una montaña rusa de agua, pero yo venía destemplada del madrugón y le dije que más tarde, que no andaba yo para mojarme a lo tonto, por lo que dirigimos nuestros pasos a China (está interesante eso de recorrer tanto continente a pie) y ahí nos estrenamos en las atracciones de Port Aventura con las tacitas chinas. Al churri le encantan los cacharros que dan vueltas; yo confieso que me marean un poco. Le tuve que decir que parase de darle vueltas a la ruedecita porque yo ya no sabía ni dónde estaba… pero fue muy divertido. 
Desde ahí caí yo

Y como ya habíamos abierto boca con las tacitas pues decidimos dejarnos de bobadas e ir al Shambhala. Para quien no lo sepa, es la montaña rusa más alta (creo que son unos 76 metros) y con mayor caída de Europa (78 metros, porque al caer se mete en un túnel bajo tierra). El principio es de lo más espectacular. En cuanto arranca, te sube y te sube y aquello no para de subir y, en cuanto llega arriba, te tira para abajo sin piedad. Creí morir pero si vuelvo al parque es una atracción que repetiré. Tiene momentos en que experimentas una sensación de gravedad cero y notas cómo las piernas se te pegan al soporte de seguridad que tienes encima. Salí temblando como una hoja pero valió la pena. Por cierto, puedes comprar un vídeo de tu cara de pavor durante todo el recorrido de dos minutos por el módico precio de 15 euros. Obviamente, no lo compré.

Como al Dragon Khan yo no pensaba subir porque sabía positivamente que esa sí te pone cabeza abajo (es la estructura roja que se ve en la foto), el churri dijo que ya subiría él y volvimos a la Polinesia a ver el espectáculo de danza. Me enamoré perdidamente de un samoano. Nota al samoano: Si estás leyendo esto, soy a la que le chocaste la mano cuando estabas haciendo la pelota al público. Tienes mi mail ahí arriba para pasarme tu teléfono (el churri no es celoso). Por cierto, necesitas crema hidratante en las manos.

La gorra tal vez ahora esté ahí
El espectáculo, más allá de mi samoano, estuvo muy entretenido y todavía recuerdo alguna cancioncilla (es tremendo cómo se me pega cualquier soniquete que escucho) y, una vez  concluido, ahí sí que fuimos al Tutuki Splash, que el sol ya pegaba un poco más y con el tembleque del Shambhala se me había quitado el “destemplamiento” (o como se diga). Yo me había llevado un chubasquero porque no quería mojarme demasiado pero no me valió de mucho porque, en la caída grande que hace al final, con la aceleración se me salió el gorro y se me ensopó el pelo. En la misma caída el churri perdió su gorra comprada en Universal Studios, que ahora debe de andar en algún sitio del sistema de canalización del parque. Si vais y veis flotando en algún sitio una gorra negra la inscripción “LA”, por favor, contactad conmigo. 

Mojados y con el churri blasfemando por su querida gorra, fuimos a secarnos al espectáculo de los pájaros. Nos lo pasamos muy bien porque está llevado con mucho humor aunque yo sigo siendo un poco reacia a eso de poner animales a hacer el indio sólo para entretenernos.
Parte del espectáculo de pájaros

De ahí fuimos al Kontiki, también en la zona de Polinesia, que es el barco vikingo de toda la vida. Me gustan mucho esas atracciones, aunque a mí me da mucha impresión el balanceo y el churri no hacía más que decirme que levantase los brazos en la parte alta. Yo agarradita a mi barra iba de lo más contenta, aunque pareciese una octogenaria.

Y como esto está quedando más largo que un día sin pan, la semana que viene os cuento más. Hay que ver lo que me enrollo para contar una visita a un parque de atracciones. 

miércoles, 1 de junio de 2016

Anuncios Pesadillescos CLXXVII: ¿Alergia o posesión?

No hay duda de que los medicamentos estrella del invierno son los antigripales pero la primavera no se queda atrás. Como parece que hay cierto placer morboso en ver a gente moqueando en la televisión, cuando terminan con los anuncios de antigripales empiezan con los de antihistamínicos; al empezar el verano llegan los de picaduras de insectos y así en un bucle sin fin que vuelve sin piedad a los antigripales. Lo que les gusta vernos pasarlo mal.

En el que hoy nos ocupa no moquean pero no por ello el anuncio resulta menos inquietante. Vemos a  una chica con camiseta rosa corriendo por un parque. A sus espaldas lleva subida a caballito a otra chica con camiseta rosa. Pero no queda ahí la cosa. Vemos en la misma situación a un señor de traje subiendo unas escaleras mecánicas y sudando como si en vez de glándulas sudoríparas llevase instalados aspersores de riego, a un camarero que casi vuelca su bandeja ante un inesperado estornudo del doble que lleva encaramado a la chepa y, por último, una mujer sentada en la cocina, también con su doble pegada a la espalda. Hay que añadir que, tanto ella como la que va adherida a ella cual lapa, lucen sendos moños que harían las delicias de cualquier cigüeña que ande buscando un nuevo hogar. La afectada nos dice que para quitarse los síntomas de encima (porque se supone que esos siameses malignos que llevan todos no son otra cosa que los síntomas) toma el antihistamínico de la marca anunciante (porque si dice que toma otro, lo mismo no le pagan, digo yo, que soy un genio de la deducción lógica). Así que, una vez ingerido el medicamento, sale a la calle con su álter ego (no conmigo sino con SU álter ego) y la deja caer de mala manera haciendo caso omiso al gritito de dolor que profiere la parasitaria y alérgica mujer.

Y se va a montar en bicicleta entre las plantas, en mitad de unas ráfagas de viento considerables. Eso es tener fe en el poder del antihistamínico.

Y yo no sé vosotros pero, si de repente viera subida a mi espalda a una réplica exacta de mi persona, lo último que se me ocurriría es que tengo alergia. Yo pensaría o bien que mi gemela malvada ha dado conmigo y vuelve clamando venganza al mejor estilo película de sobremesa de domingo o bien que me ha salido un forúnculo de lo más extraño y que sería digno de estudio por parte de la élite científica.

Quizás en última instancia también se me ocurriría visitar a un psiquiatra, no sea cosa que lo que tenga sean meras alucinaciones pero, así de entrada, considero más plausibles las teorías de la gemela diabólica y el forúnculo mutante. Sobre todo porque el exorcismo y la operación de forúnculo darían para entradas mucho interesantes en el blog que el simple hecho de decir que se me ha ido la olla.

A eso ya estáis acostumbrados.