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jueves, 23 de marzo de 2017

Fui chica Almodóvar (Parte 2)

Continuamos con la historia comenzada el jueves pasado y que podéis leer aquí.

Como soy una aprovechada, le di a J. mi bolsa con la ropa y le dije que me la llevara, que ya me pasaría por su habitación a recogerla. Preguntó al compañero que sí iba a viajar, a quien llamaremos C., que si se llevaba también su ropa.  C. respondió que tampoco era cuestión de cargarlo como un sherpa. Guardó la bolsa con la ropa en el maletero de un taxi y nos fuimos todos menos J.

Llegamos y alquilamos el coche. Al abrirnos el maletero para que comprobásemos lo espacioso que era, tuve un flashback y le dije a C. “Oye, ¿y tu bolsa de la ropa?”. Ponerse blanco es poco.  Creo que estuvo a punto de desmayarse al darse cuenta de la cantidad de prendas que iba a tener que comprar. Mi jefa dijo “Yo creo que se la ha dado a J.”. Yo opinaba que no. C., al principio quiso aferrarse a la idea de mi jefa pero fue atando cabos y se dio cuenta de que llevaba razón yo. Nos llevamos el coche y, durante todo el camino, mi jefa llamaba por teléfono al hotel para preguntar cómo podíamos hacer para localizar a un taxista. La chica del hotel, que era muy amable (y casualmente uruguaya, no digo más), le preguntó a mi jefa si tenía el ticket del taxi. Lo bueno de viajar por trabajo es que uno pide ticket de todo, así que lo tenía. De ahí pudimos sacar el número de teléfono de la compañía y el número del vehículo. La uruguaya maja le dijo a mi jefa que le diera el número, que iba a intentar encontrar al taxista.

Llegamos, al hotel, aparcamos y la uruguaya nos dijo que había localizado al taxista y que iba presuroso a nuestro encuentro con la ropa de C.  Justo estábamos hablando en el lobby cuando vimos aparecer al taxista, triunfal, con la bolsa de C. en la mano. C. daba palmas con las orejas y vi cómo recuperaba el color en su semblante. Estábamos, deshaciéndonos en agradecimientos hacia el taxista y la recepcionista cuando, de repente, aparcó otro coche en la entrada del hotel y bajó corriendo el hombre que nos había alquilado el coche, con el mismo tono lívido que le había visto a C. minutos atrás. Nos encontró a todos allí y también lo vi recuperar el color. Nos explicó que había venido corriendo (o conduciendo rápido) a ver si nos encontraba porque en la guantera del coche que nos había alquilado se había dejado unas llaves de otro coche que tenían para alquilar.

Tanto mi jefa como yo nos acordamos de las películas de Almodóvar (las de los ochenta, se entiende), donde siempre había gente persiguiendo a otra gente que a su vez perseguía a más gente y nos dio la risa tonta.

Y, una vez recuperada la ropa y las llaves, pudo volar cada mochuelo a su olivo. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCV: Pues yo no reconecto

No tengo palabras para describir lo extremadamente perturbador que me resulta este anuncio.  Intentaré escribir el post sin sufrir una crisis nerviosa en el proceso.

La escena nos sitúa en el interior de una sala de juntas. A la mesa se sientan cuatro hombres y dos mujeres, todos con su traje gris y anodino. Llega una tercera mujer, que supongo que será la presidenta de la junta, también con traje gris pero con un paquete de gominolas en la mano.

Se sienta a la mesa y dice que van a hablar de las gominolas  en cuestión. No sé si es el único punto del día o si hay más materias que discutir como el presupuesto anual o a cuántos van a despedir ese mes pero lo importante es lo importante. Van a hablar de las gominolas.

La que antes se atreve a participar en el debate, coge de la bolsa una nube (o “marshmallow”, para que veáis que tengo idiomas) y, con una cara que pretende ser de niña repipi pero que más bien la hace parecer una loca de psiquiátrico, dice que eso es una montañita blanquita y dulce (podría decir “dulcecita”, ya que está).

Luego habla otro con dos platanitos en la boca, a modo de colmillos, diciendo que así puede ser un vampiro. A continuación, un hípster trajeado juega con un osito de goma diciendo que el oso es astronauta y va a la luna a comerse un platanito.

Un hombre bizco con gafas de culo de botella saca emocionado un corazón de gominola de la bolsita y exclama “¡El corazóoooon!”. En este momento, una mujer también de gafas pero más bien con pinta de Señorita Rottenmeier que hasta ese momento parecía la única cuerda del grupo, ya que observaba la escena con una cara que iba del asombro a la desaprobación, pasando por el descrédito, de repente le arrebata a Rompetechos el corazoncito de la mano y dice que esa es su favorita y que, cuando se la come, se siente una princesa.

Y todos se ríen, encantados de la vida.

Todo esto, ya de por sí, es bastante extraño pero lo que de verdad me pone los pelos de punta es que todos los actores están doblados por niños pequeños (con voces muy extrañas, por cierto; no es que sea yo una gran experta en infantes pero no conozco a ninguno que tenga una voz similar). Así que, si ya de por sí la cosa daba bastante grima, súmale a eso tener que escuchar a gente que ya no cumple los treinta con vocecilla como de dibujo animado. Es extremadamente inquietante.

Tal vez yo sea la rara, porque he leído opiniones en Tú Tubo de gente felicitando a la agencia por la originalidad del anuncio y destacando la importancia de reconectar con nuestro niño interior pero yo confieso que con este anuncio puedo hacer muchas cosas: temblar de miedo, tener pesadillas, clavarme alfileres bajo las uñas en un vano intento por olvidar… pero nunca reconectar.

lunes, 20 de marzo de 2017

Crónicas Felinas CCVIII: Here comes the hotstepper

Marrameowww!!!

El otro día, tras servirnos la comida, la bruja se dejó la bolsa de pienso de Munchkin un rato sobre la encimera.

Y ya lo sé. Seguro que estáis pensando que lo que voy a relatar es cómo el imberbe se abalanzó sobre la bolsa vaciando su contenido y comiendo hasta reventar (qué malo es conocerse) pero no, no va de eso. De lo que va es de que ha descubierto que el “gato modelo” que aparece en su paquete de pienso es sospechosamente parecido a él. He aquí la prueba:

pienso gato sobrepeso


Esto hizo que, del shock, no se acordase de atacar el contenido y se quedase embobado contemplando el continente. Vale, el gato de la bolsa es más bien gris y Munchkin no se dejaría poner un collar ni por todo el pienso del mundo pero la verdad es que hay que reconocer que el parecido es innegable.

Pues bien, a raíz de este reciente descubrimiento está que no hay quien lo aguante. Dice que eso es porque sus genes son los mejores y que seguro que el que sale en la foto es un primo lejano suyo, que ha triunfado en el mundo del modelaje. Que seguro que a él también le darían una campaña si se decidiera a dedicarse a la publicidad pero que no  lo hace porque está seguro de que la bruja aprovecharía para vivir a su costa y no tener que volver a trabajar nunca más en su triste existencia. En eso sí estoy de acuerdo con él, pese al delirio generalizado de sus planteamientos.

Yo le he preguntado si es consciente de que la foto pertenece a una bolsa de pienso de dieta. Que tal vez no es que sus genes sean tan hermosos sino que a lo mejor lo que sucede es que son genes con tendencia a la obesidad pero como si oye llover. Dice que es la envidia la que me hace maullar tamañas atrocidades. Que ya me gustaría a mí que los gatos negros tuviésemos un poco más de protagonismo pero que por algo somos siempre los últimos en ser adoptados ya que por todos es sabido que damos mala suerte y somos un mal presagio desde que el mundo es mundo. Yo no le hago ni caso porque sé que el negro es muy elegante y, además, combina con todo. Seguro que yo triunfaría mucho más en el mundo de la moda. Tengo el pelo más largo y suave y además mi bolsa primordial en envidiable. Pero no me interesa; soy un intelectual y no estoy para frivolidades.

Así que ahora se pasa el día posando, caminando por el pasillo con un cadencioso contoneo de caderas y diciendo que por algo en inglés llaman “catwalk” a las pasarelas y que por eso los angloparlantes son potencia mundial, porque saben dar a las palabras su justo significado y así no hay lugar a malos entendidos.

Por si os lo estabais preguntando, sí, esa etiquetita naranja es el precio. Me parto.

Prrrrrr.

jueves, 16 de marzo de 2017

Fui chica Almodóvar (Parte 1)

A raíz de un comentario que me dejó Laura en el post del jueves pasado,  me dio por recordar la situación de mi vida en la que más he sentido estar atrapada en una película de Almodóvar. Como la historia, pese a haber sucedido en un lapso de unas tres horas, es más larga que un día sin pan y no quiero cerrar la semana aburriéndoos porque luego seguro que me lo echáis en cara, vamos a dividirla en dos posts. Tiene ventajas para vosotros porque se os hace más amena la lectura y para mí porque me saco dos entradas de la misma tontería y parece que mi vida es más intensa de lo que en realidad es.

La historia que nos ocupa sucedió en Santiago de Chile, allá por el año 2006 (sí, ya estoy con mis batallitas de abuela cebolleta pero es lo que hay). Para los que no lo sepáis, me tocó ir a Santiago durante tres meses por temas de trabajo. Fue una gran experiencia pese a las palizas de quince horas diarias de trabajo que me metía. Como trabajábamos mucho, los fines de semana intentábamos desconectar un poco, saliendo por ahí a turistear lo poco que podíamos.

El caso es que un fin de semana largo que tuvimos (el único en tres meses, así que había que explotarlo al máximo), nos invitaron a mi jefa, a un compañero y a mí a ir a una casita que tenía en Valparaíso un chico chileno que trabajaba con nosotros. Para poder movernos con más comodidad y no andar pendientes de autobuses y demás, decidimos alquilar un coche. Pues bien, el día que íbamos a alquilar el coche, decidimos que era una estupenda idea ir primero a lavar la ropa. Como teníamos poco tiempo libre y había que optimizar, chantajeamos emocionalmente a la chica de la lavandería pidiéndole que, cuando terminase la lavadora, nos metiese la ropa en la secadora mientras nosotros íbamos a comer. Porque se suponía que teníamos que esperar a que terminase la lavadora para meterla nosotros en la secadora pero le dijimos que nos hiciese el favor, que acabábamos de llegar de Madrid. La chica accedió pero comenté mientras comíamos que ya se nos podía haber ocurrido otra excusa porque la chica iba a comentar entre sus conocidos que los españoles éramos unos guarros que hacíamos viajes transatlánticos con la ropa sucia. Ahí, dando buena imagen de España.

Recogimos la ropa y un cuarto compañero, que no iba a ir a Valparaíso pero había venido a la lavandería  y a comer con nosotros y a quien llamaremos J., dijo que se volvía para el hotel.

Y de cómo continúa la historia os hablaré el jueves que viene. Pues sí, os dejo con la intriga pero tened en cuenta que si hubiese escrito un post eterno, a estas alturas hubieseis perdido el interés. Si lo único que hago es pensar en vosotros. Soy un espíritu generoso y altruista de los que ya no quedan.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Anuncios Pesadillescos CCIV: Se equivocaron de juego

Hoy vamos con una “trilogía” de estas que me molan por las múltiples posibilidades que me dan para esta sección.

Se trata de una página web para jugar al bingo online. Hasta hace un tiempo el bingo parecía cosa de octogenarios, que aprovechaban lo de estar marcando numeritos en un cartón para socializar con otros octogenarios. Ahora que se puede jugar por Internet, hasta la gente joven puede pasárselo bomba jugando a este juego tan dinámico y entretenido.

Los tres se desarrollan en un plató de entrevistas, donde el entrevistador es un popular presentador de programas del corazón (y algún reality show) y que,  tengo que decirlo, me cae como una patada en el hígado.

Pero no voy a ser prejuiciosa. A ver de qué va esto.

En el primero de ellos, le preguntan al entrevistado por qué nunca había jugado al bingo online. Él contesta que es porque no sabía que se puede jugar desde el móvil y, así, ganar con su número preferido dondequiera que esté. Vamos, que si no puede jugar todo el día y a todas horas, el juego no le interesa. Pero no es esto lo más desconcertante sino que, dicho esto, tira el móvil por los aires (desconozco por qué razón) y coge de la mano a una bola azul del número 33 con pestañas enormes que está sentada a su lado (sí es una bola con brazos y piernas). Se arrodilla y comienza a besarle la mano, el brazo y… por suerte, ahí cambian el plano y vemos al presentador instándonos a registrarnos.  

Al segundo entrevistado, le preguntan qué se siente al haber ganado más de treinta mil euros jugando al bingo. El aludido, a quien identifican con el nick con que supuestamente está registrado, dice que está feliz de ser uno de los ganadores, mientras nos acribillan a nicks sobreimpresos en la pantalla, que se entiende que serán de más ganadores. Añade que todo ha sido gracias a su número favorito. Antes de hablar de su número favorito, tengo que aclarar que, como no podía ser de otra manera, la perorata anterior la acaba de soltar con una naturalidad y un desparpajo tales, que no nos queda ninguna duda de que estamos escuchando a un ganador real.

Ahora sí, hablemos del número. En este caso se trata de un siete, también azul, pero sin pestañas. Lo que lleva este número son unos morritos rojos de lo más seductores. Esta vez es la bola quien se lanza a buscar contacto físico con el jugador.

Por último, entrevistan a una usuaria que lleva cuatro años jugando al bingo. Ahí es nada. Le preguntan qué es lo que más le gusta. Responde que en esa plataforma es seguro pagar con tarjeta (no sé si hay más formas en las que se pueda pagar en una página de juego online) y que su número de la suerte nunca le falla. Se trata del 27. Tiene bigote y mueve los bracitos desesperados cuando la jugadora empedernida se tira encima de él vete a saber con qué intenciones.

Daos cuenta de que hay un denominador común en las tres entrevistas. Todos tienen número de la suerte. ¿Número de la suerte en el bingo? Si ahí lo que importa es que salgan todos tus números. Si tienes un número de la suerte, tal vez te convenga más jugar a la ruleta.

No puedo comentar más. Estoy en shock y esto ya me ha quedado muy largo.